Opinión    Biodiversidad digital

DesGlobalización

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Imagen de todos los aviones que estaban en vuelo en un instante de la primera semana de diciembre. / App fligh24

Hay cosas curiosas en la web oficial de la Cumbre sobre la Acción Climática ONU 2019 (COP 25). Si uno busca sus objetivos solo leerá una frase: “Las naciones presionan para que se adopten medidas de mayor envergadura para 2020 y se logren emisiones netas de CO2 nulas para 2050.” Y esto, en su versión en inglés. En español esa frase resulta prácticamente es ininteligible. Las prisas. Convertida la cuestión climática en mainstream o corriente principal de la comunicación mundial, no hay nada informativamente que se oponga a ella, como ocurre con las ‘corrientes principales’ globales de la segunda digitalización.

Ya se puede ver el intento de aprovechamiento del evento por distintas autoridades y colectivos, y el cinismo de multinacionales de los combustibles fósiles, que son algunas de las compañías más contaminantes y productoras de emisiones del planeta. Un ejemplo sangrante ha sido el anuncio de Exxon presentándose como un adalid medioambiental, tomando a la audiencia por estúpida. Es parte del llamado FakeAd o noticias falsas en forma de publicidad de lujo firmada por marcas globales.

Remodelar el capitalismo y el orden global

Ha sido pura serendepity. Coinciden en el tiempo las múltiples informaciones ‘push’ de la COP25 y los rigurosos datos científicos sobre el ‘caos climático’ que nos amenaza, con las conclusiones de una conferencia organizada en Edimburgo por la Edinburgh Business School y la Haas School of Business de la Universidad de California, Berkeley. El título de este encuentro resulta sorprendente: La nueva iluminación: Remodelar el capitalismo y el orden global en un mundo neomercantilista. Aunque lo parezca, no se trata de un evento religioso, sino de una reunión de alto nivel de prestigiosos economistas y académicos relacionados con el mundo de los negocios.

En dicha conferencia tuvo lugar una entrevista al prestigioso historiador de la economía Niall Ferguson, especializado historia económica y financiera, titular de la cátedra Laurence A. Tish de Historia en Harvard y de la William Ziegler de Administración de Negocios en la Harvard Business School, además de autor de un reciente libro de elocuente título: The Square And The Tower: Networks, Hierarchies and the Struggle for Global Power; cuyo título en español está mucho más orientado hacia lo que abordó en Edimburgo: La plaza y la torre. Redes y poder: de los masones a Facebook.

El discurso de Ferguson se basa en la conocida certeza de los economistas y académicos que se podría resumir en la frase: “Esto, yo ya lo vi antes”, como una constante. O sea, que cualquier cosa que traiga la actualidad económica sigue pautas, en realidad, de algo sucedido en otro periodo anterior. Por eso afirma en su texto que para entender “dónde estamos ahora, lo mejor es mirar al pasado", en concreto a finales del siglo XIX, cuando se vivió ya también una extraordinaria globalización. Para él nada nuevo hay en la crisis de la economía capitalista, porque “el capitalismo está en crisis, como siempre”. Ni siquiera lo es la globalización actual, que casi todos asocian a algo novedoso. Según sus propias palabras, en referencia a la crisis del capitalismo global del siglo XXI, “hemos visto una versión de esta película antes, y no hay nada nuevo en ella”.

Naturalmente, los motivos para organizar la reunión de Edimburgo en la que habló contradicen sus afirmaciones. Y hay algo más. En sus comentarios cita el famoso concepto de “destrucción creativa”, que Joseph Schumpeter publicó en 1942. Concepto que está en el centro del fuerte debate actual sobre si automatización y tecnologías digitales destruyen y eliminan, o no, más puestos de trabajos de los que crea la digitalización. La explicación para Ferguson es sencilla: “el capitalismo tiene ese concepto (destrucción creativa) en su ‘corazón’, y eso crea dolor; crea perdedores. Este es el estado normal de las cosas, y no debería sorprendernos que esto esté sucediendo”. Juzgue el lector si, a la luz de lo que pasa, debe sorprenderse o no.

En otra entrevista relacionada con su último libro, en su línea, sigue rechazando las opiniones sobre disrupción y novedad de las redes digitales y usa para ello a la imprenta como ejemplo y fuente principal de tres “revoluciones basadas en redes: la Reforma, la Revolución Científica y la Ilustración”. O sea, esto ya sucedió antes. En lo único que estoy de acuerdo con él -aunque no por las mismas razones- es en no negar que las “nuevas redes” disruptivas están edificadas sobre las plataformas digitales globales que son posibles gracias a internet. Y que son empresas las que energizan los denominados “efectos de red”, lo cual tiene como resultado la formación de mercados globales, monopolios de facto, en mi opinión, en los que, como dice Ferguson, “el ganador se lo lleva todo”.

La innovación, motor de prosperidad

El encuentro en el que Ferguson hizo estas declaraciones se celebró en Edimburgo como homenaje a Adam Smith, cuya filosofía económica reivindicaban los participantes en bloque, celebrando “la ‘inexorable’ capacidad de innovar como sello distintivo del actual sistema del mercado internacional y el verdadero motor de la prosperidad”. El prestigioso profesor de economía y negocios globales de Berkeley David Teece corroboró esta afirmación afirmando que “no sólo son el ‘intercambio’ y el ‘comercio’ los que permiten la prosperidad; es la innovación. Así es como Occidente se enriqueció”. Nada que objetar a esto.

Sin embargo, hay más sorpresas. Los reunidos allí firmaron una solemne declaración en la que apuntan que la solución para ‘remodelar el capitalismo y el orden global en un mundo neomercantilista’ actual del siglo XXI es volver a la filosofía económica de Adam Smith en su obra La riqueza de las naciones, publicada en 1776. Acabáramos. Un volver a empezar. Dos observaciones sobre esa declaración con muy buenas intenciones, de la que algunas ideas se pueden compartir, pero que, en algunas de sus partes, contradice la ‘urgente’ realidad actual. La primera, la afirmación de que los mercados son la guía para la ‘asignación de los recursos’ ¿globales? Así hemos llegado a donde estamos en sostenibilidad. La segunda, la de ‘seguir basando la mejora de la riqueza en más y más crecimiento, dentro de un orden’. Probablemente ningún científico riguroso del clima aceptaría hoy eso totalmente.

¿El fin de la expansión?

Esas dos afirmaciones chocan completamente con el mensaje que está lanzado al mundo la Cumbre sobre la Acción Climática ONU 2019 (COP25). En ella no se habla de ‘crecimiento’ ni de ‘crecer’, sino de lo contrario. Se habla de ‘mitigación’ (moderar, aplacar, disminuir, suavizar) y de disminuir las emisiones de CO2 primero hasta reducirlas a cero para 2050. O bien los citados egregios economistas viven en otro planeta, para el que se supone que promulgan seguir por la senda del crecimiento continuado en el siglo XXI, como siempre, que diría Ferguson; o bien están pensando en otro planeta muy distinto al que nos muestra el panorama de la Cumbre sobre la Acción Climática 2019 y, probablemente también, en un planeta muy distinto al que describe el Parlamento Europeo en su declaración del Estado de emergencia climática del 28 de noviembre de 2019. Una resolución aprobada por una gran mayoría de sus parlamentarios.

Las cifras de la segunda digitalización, que es el estadio actual de la globalización, se asocian todo habitualmente con múltiples cifras de crecimiento exponencial generalizado que exhiben las empresas de plataformas digitales globales del internet social, cuyas curvas forman en casi todos los casos asíntotas exponenciales. Mas de una vez me he preguntado en qué momento esas curvas de crecimiento exponencial llegarían a un punto de inflexión y comenzaría a decrecer, y si su caída sería suave y lenta o acelerada y brusca. Seguramente me lo preguntaba porque no soy experto en historia económica y no estoy ‘poseído’ por el síndrome del déjà vu (eso ya lo he visto antes). Quizá la Cumbre del Clima es un aviso a navegantes que contradice fuertemente a los economistas citados y nos indica que la riqueza de las naciones del siglo XXI ya no se basará en más y más crecimiento ilimitado, sino en algún tipo de mecanismo bien distinto a ese. Tal vez mecanismos ligados a nuevas fórmulas de mitigación, disminución y reducción, que son las palabras clave y los #hashtags más escuchados en la Cumbre, que tal vez traiga, además, otros avisos.

Por ejemplo, el de que tal vez estemos llegando al principio del fin de la expansión económica, tal como la conocíamos. Así lo describe en detalle Ricardo Almenar en su libro El fin de la expansión. Del mundo-océano sin límites, al mundo isla. Se perciben señales del inicio de una verdadera conciencia generalizada sobre algo que debería ser obvio: que una economía planetaria basada en el crecimiento sin fin no es compatible, como señala este libro, con un planeta limitado como el nuestro.

Finalmente, quizá estamos llegado también al principio de una Desglobalización, que esta vez no será un constructo obra de economistas, empresas multinacionales o poderes económicos globales, sino consecuencia de la lógica que imponen los rigurosos datos empíricos presentados por los científicos del clima y de la realidad del propio planeta que no es algo ilimitado y que acabará, mediante los enormes poderes de su naturaleza, imponiendo más pronto que tarde, su irrebatible ley, más allá de nuestra opinión. Se cumpla o no esta suposición sobre el inicio de una posible Desglobalización, de lo que estoy convencido es de que algunos destacados historiadores de la economía, como augures, volverán a decir: esto ya pasó antes. Eso, si es que descienden desde su planeta, muy distinto al parecer, del que nos describe la actual Cumbre del Clima COP25 2019.