Entrevistas    Personajes únicos

El genio renacentista del MIT y sus 200 patentes para cuidar el planeta

Este profesor de ingeniería mecánica en el MIT ha fundado 25 empresas a lo largo de su prolífica carrera, en muchas de las cuales desarrollan destacados discípulos como Patrick Anquetil, Eli Paster o Lynette Jones

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De izquierda a derecha: Patrick Anquetil, Lynette Jones, Ian Hunter y Eli Paster. / Pilar Brañas

Con nueve años, la mayoría de nosotros aspiraba a salir a jugar al fútbol al patio o a ver algún programa de dibujos animados en la televisión. Otros, en cambio, fundaban a esa tierna edad su primera empresa. Y un año más tarde, en plena educación primaria, son capaces de publicar un artículo científico, mérito al alcance no de muchos adultos. Obviamente personas así pueden contarse con los dedos de las manos, pero cuando uno se encuentra con alguien tan especial sabe que tiene un futuro prometedor. Máxime si esta revisión la hacemos a posteriori y ese curioso infante ha acabado por convertirse en una de las mentes más destacadas el prestigioso Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT).

Ese chaval, ahora ya envejecido y con un llamativo bigote blanco que no deja lugar a dudas del paso del tiempo, se llama Ian Hunter. Neozelandés de nacimiento, a los 14 años fue capaz de construir un cromatógrafo de gas líquido completamente funcional en su casa. "No soy un genio, creo que todos partimos de lo mismo, pero el sistema escolar nos destroza; la creatividad se destruye. En mi caso tuve suerte porque vivía en un hogar con un padre ingeniero eléctrico, que me proporcionaba componentes mecánicos y ópticos para jugar. Él nunca me dijo lo que tenía que hacer, solo que explorara y descubriera cosas por mí mismo. Mi madre también entendía esta forma de pensar y, de hecho, muchas veces me permitieron quedarme en casa en lugar de ir a la escuela para que continuara explorando y construyendo mis ideas", reconoce a INNOVADORES. 

Pese a su recelo por la educación tradicional, Hunter no tardaría en graduarse con todos los honores en la Universidad de Auckland, antes de dar el salto a Canadá, primero, y al MIT después. Desde 1994 trabaja en este centro de referencia, actualmente como profesor de ingeniería mecánica y director del Laboratorio de Bioinstrumentación

Méritos académicos que no tienen nada que envidiar a los logros en el campo de la inventiva, al más puro estilo renacentista de Leonardo da Vinci: más de 200 patentes llevan su nombre y 500 artículos científicos aparecen firmados por él. Ha creado, junto a sus alumnos y otros profesionales del MIT, más de 25 empresas a lo largo de su trayectoria.  

De hecho, el paso de los años no ha hecho que Hunter pierda ni un ápice de su curiosidad; tampoco de su espíritu combativo frente a lo reglado y estructurado. Solamente así se entiende que, además de su extraordinario laboratorio en el MIT, disponga de 600 metros de instalaciones científicas plenamente equipadas en su propio domicilio. "Es como un taller mecánico, solo que orientado a la ciencia, donde también investigo y patento cosas. Algo que en prácticamente cualquier universidad del mundo se podría considerar como un conflicto de interés, pero que en el caso del MIT está bien visto y no hay ningún problema", detalla este personaje único.

Y si su vida hasta este punto da para rellenar una novela de lo más apasionante, aún queda lo más sobresaliente si cabe: todos esos proyectos han estado ligados, de una manera u otra, con la tecnología sostenible, especialmente en el ámbito médico (robots para microcirugía, endoscopios robóticos, etc.), el puramente científico (microscopios láseres confocales, nuevas formas de espectroscopia...), la energía o la alimentación (con iniciativas tan curiosas como la siembra robótica de semillas con control de plagas, malezas y fertilizantes, entre otras).

"Estoy muy preocupado por el futuro de nuestro planeta y creo que, en mi caso, puedo ayudar creando tecnologías. Por eso hace 15 años decidí que la mayoría de mis compañías ayudarían o bien a las personas o al planeta", dice Ian Hunter sin darle menor importancia a este gesto.

Alcanzar semejantes récords de patentes y en disciplinas tan diversas obliga necesariamente a preguntarse cómo encara un proceso de innovación el bueno de Ian Hunter. En sus propias palabras, "una clave importante está en mezclar distintas áreas de conocimiento, como biología, óptica, mecánica, matemáticas, electrónica o química".

El experto va incluso más allá: "En el MIT hay una cosa curiosa que es que todos los alumnos hacen los mismos cursos. Con lo que te encuentras con gente de lingüística o psicología que ha hecho física o biología molecular. Todos tenemos la misma base y eso nos permite crear equipos multidisciplinares de manera muy sencilla. Mi colaborador más cercano en el MIT, por ejemplo, es químico. Resulta un poco inusual, ¿no? Mezclar ingeniería mecánica y química. Pero es lo que tiene sentido para tener la libertad necesaria a la hora de explorar nuevos campos científicos".

Inyecciones sin agujas

Junto a Hunter, que acudió a Madrid para liderar una jornada en la Fundación Ramón Areces, encontramos a uno de sus grandes pupilos: Patrick Anquetil, director general de Portal Instruments. Anquetil reconoce que ya seguía el trabajo de Ian Hunter mucho antes, cuando estudiaba ingeniería mecánica en el ETH de Zúrich, pero que fue al llegar al MIT cuando se enamoró de esa institución ("en el momento en que ví todo ese equipo, todos esos instrumentos, esos ordenadores... dije ‘esta es mi casa") y se asoció al genio de los cientos de patentes. Al servicio de la historia de Hunter puso su dilatada experiencia en firmas de bioingeniería, en especialidades como el diagnóstico del autismo o la monitorización de la glucosa en sangre

En este caso, el de Portal Instruments, con el objetivo de crear una forma de suministrar inyecciones médicas sin agujas; una misión muy ambiciosa (puede contribuir a aumentar la adherencia al tratamiento en enfermedades como la artritis reumatoide o la psoriasis) para la que se están empleando tecnologías de nuevo cuño como los actuadores electromagnéticos de alta potencia o la microelectrónica basada en ARM. 

"En realidad estaba desarrollando un sistema muscular artificial, pero eso acabó llevando a esta aplicación concreta donde vimos un gran potencial de mercado en el que no había demasiadas compañías involucradas, con lo cual nos encontrábamos en una gran área con gran impacto", explica el científico. Por el momento, esta empresa de Hunter y sus discípulos ya está preparando su primer producto comercial junto a la farmacéutica Takeda en el ámbito de las enfermedades inflamatorias del intestino.

Baterías sin litio

De la instrumentación a los materiales, el otro campo fetiche de Ian Hunter. De la mano de Eli Paster, estudiante del MIT y también ducho en esto de participar en spin-offs de esta institución (fue cofundador de Polymer Devices), se ha dado vida a PolyJoule

Se trata de la particular aproximación de Ian Hunter al desafío energético y medioambiental que vivimos, el cual se materializa en una nueva forma de almacenamiento de electricidad sin litio que se pueda utilizar directamente con la red eléctrica. 

En esta particular carrera en busca de un sistema de almacenamiento estacional de energía económico y seguro ("el eslabón perdido de l40 años de la red eléctrica", en palabras de Eli Paster), él apuesta por derivados del carbono, sin litio, para poder responder en microsegundos a las cargas base y máximas y permitir además que el mismo sistema pueda participar en diferentes mercados de energía. "La inversión a realizar es relativamente baja y la batería puede ofrecer una gran fiabilidad a lo largo de su vida útil", asegura Paster, quien adelanta ya las inminentes primeras pruebas de este sistema en Nueva York y en otras localidades del este de EEUU.

Habilidades STEM

Pero si hay una testigo de excepción de la evolución de Ian Hunter a lo largo de las últimas cuarenta décadas, ella es Lynette Jones. Esta experta, reconoce mundialmente en el segmento de los dispositivos hápticos y las pantallas táctiles, conoció a Hunter en una fiesta cuando era estudiante. Y, desde entonces, ambos han colaborado estrechamente en varias ocasiones. ¿El último de los ejemplos de esta amistad con base científica? El proyecto MICA para fomentar las habilidades STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, por sus siglas en inglés) entre los jóvenes.

"Hay un claro déficit de estas habilidades y un problema claro a la hora de medir su conocimiento. Con esta metodología hacemos que los estudiantes interactúen con una estación de trabajo experimental bajo la supervisión de un tutor virtual", detalla Jones, quien añade: "Es en relación a su actividad práctica, y con varios modelos de deep learning, con lo que extraemos una medición clara del progreso de cada alumno en su capacitación STEM".