A fondo    Descartes

Futuro por construir, personas en construcción

En un contexto laboral de desempleo, automatización, polarización del trabajo y falta de talento digital, el aprendizaje continuo y la adquisición de competencias sociales y técnicas se impone no como valor añadido sino como requisito previo

29 NOV. 2019
21 minutos

Incertidumbre. Es la palabra, o al menos una de ellas, que mejor define nuestro tiempo. “La globalización y el avance tecnológico han hecho que se desintegren algunas de las certezas sobre las que hemos construido nuestra sociedad en los últimos 150 años. Vamos muy rápido y nadie sabe hacia dónde”, me decía hace un par de años Albert Cañigueral, autor del estudio El mercado laboral digital a debate. Plataformas, Trabajadores, Derechos y WorkerTech. Esta realidad, lejos de cambiar, va a más.

Sí. Vivimos una época de cambios. No es la primera, ni es tan diferente de otras como los más catastrofistas nos quieren hacer creer. Todas las economías avanzadas han experimentado profundas transformaciones sectoriales en el ámbito laboral. La participación agrícola en el empleo total de EEUU disminuyó del 60% en 1850 a menos del 5% en 1970, según datos de McKinsey. En China, un tercio de la fuerza laboral abandonó la agricultura entre 1990 y 2015.

La automatización lleva siglo y medio desplazando unos empleos y creando otros, en nuevas industrias y negocios. Nos ha liberado del trabajo físico, y del trabajo de cálculo, y ahora empieza a tomar decisiones por nosotros. ¿Qué nos queda a los humanos? ¿Qué significa esto? El primer tema en salir es recurrente: la destrucción de empleo.

Es importante desmitificar las predicciones más pesimistas. Una de las estadísticas más citadas es de un estudio de 2013 de la Universidad de Oxford. Dice que el 47% de los empleos estadounidenses tienen un alto riesgo de automatización a mediados de la década de 2030. Uno de sus autores, Carl Frey, la acaba de echar por tierra en su nuevo libro The Technology Trap: Capital, Labor, and Power in the Age of Automation (La trampa tecnológica: capital, trabajo y poder en la era de la automatización). Lo que predecía su estudio es el porcentaje de empleos más vulnerables a la automatización, lo cual no significa que, de facto, se automatizarán. Ello dependerá de muchos otros factores, como el coste de la tecnología, las preocupaciones regulatorias, la presión política y la resistencia social.

En la misma línea va un estudio reciente del MIT. Dice que “la probabilidad de que los robots, la automatización y la inteligencia artificial (IA) eliminen grandes sectores de la fuerza laboral en el futuro cercano es exagerada”. La antropóloga Mary Gray lo corrobora en su libro Ghost Work: How to Stop Silicon Valley from Building a New Global Underclass (Trabajo fantasma: cómo evitar que Silicon Valley construya una nueva subclase global), donde habla de la ‘paradoja de la última milla de automatización’: que el deseo de eliminar el trabajo humano siempre genera nuevas tareas para los humanos.

La mayoría de los trabajos automatizados requieren de diferentes personas que den cobertura durante las 24 horas del día, afinando y cuidando los procesos automatizados. Pero estas personas no son siempre las mismas. Son muchas y se encuentran incluso en diferentes partes del mundo. Es otra consecuencia del avance de la tecnología: la economía bajo demanda o la gig economy. El esquema es sencillo: ahora lo necesito, ahora lo pido, ahora lo tengo. Y el trabajo lo hará quien esté disponible en ese momento.

Tal vez lo más reconocible en este ejemplo son las aplicaciones de comida a domicilio. Sin embargo, las tareas de reparto no son las más demandadas en internet. En regiones como Cataluña el porcentaje de población que dice haber obtenido ingresos a través de internet llega al 19%, según un estudio de Comisiones Obreras (CC.OO) y el Ayuntamiento de Barcelona. De esas 280.000 personas solo entre 1.000 y 2.000 son repartidores. Lo que hace la mayoría para ganar dinero online son trabajos desde el ordenador, cosas como servicios de traducción, servicios jurídicos o asistencia a la contabilidad

Polarización

Si algo tienen en común todos los estudios y expertos anteriores es una preocupación: que la tecnología ha contribuido a la precarización y a la polarización del empleo; que ha ayudado de forma desproporcionada a profesionales altamente calificados y ha reducido las oportunidades para muchos otros trabajadores, especialmente para las mujeres.

Crece la desigualdad, la brecha entre quienes están más y mejor preparados para las demandas de trabajo y quienes han sido desplazados y se encuentran en la obligación de tener que aceptar trabajos precarios para sobrevivir, cuyas capacidades de negociación, además, se reducen. [Hay también aspectos positivos como la flexibilidad o la posibilidad de trabajar desde casa, lo cual permite acceder al mercado laboral a personas que antes no podían].

Estas tendencias corren el riesgo de exacerbarse a medida que se implantan y avanzan las nuevas tecnologías. ¿Cómo prepararse, cómo evitarlo? En todas las etapas de adopción de tecnología hemos tenido que adaptarnos. Primero, a usar herramientas, después a usar máquinas, luego a usar ordenadores y ahora, a medida que los computadores y dispositivos simulan ser inteligentes, pasamos de usarlos a trabajar con ellos.

En el mundo conectado, se nos pide no solo conocer las nuevas tecnologías, sino colaborar con ellas. Se nos pide incluso trabajar para ellas, ya que necesitan de personas que las entrenen y las hagan funcionar mejor y parecer más inteligentes. Se nos pide que cambiemos nuestros conocimientos, nuestras rutinas, nuestras dinámicas. Se nos pide que nos adaptemos a herramientas nacidas a veces para complementarnos o para aumentarnos o, para, en muchos casos, reemplazar el trabajo humano.

Sin embargo, estos sistemas son lo suficientemente imperfectos como para necesitarnos. Seguimos siendo necesarios, pero de otra manera. Eso del empleo para toda la vida no entra en la cabeza de las nuevas generaciones. Ahora hablamos de trabajo atomizado.

Falta talento digital

En este contexto, se plantea otro problema: aproximadamente 14% de la fuerza laboral mundial tendrá que cambiar de categoría ocupacional de aquí a 2030, a medida que el trabajo se digitaliza y automatiza. En 2020 -ya mismo- habrá entre 750.0000 y 900.000 vacantes de empleo digital en Europa, según cifras de la Comisión Europea y del informe Digital Talent Overview 2019 de Barcelona Digital Talent, respectivamente. En España, el 80% de los jóvenes de entre 20 y 30 años que encuentre trabajo en un futuro próximo lo hará en empleos emergentes o en puestos que no existen actualmente.

La brecha de empleo va en aumento y el tipo de habilidades que las empresas requieren seguirá cambiando, con profundas implicaciones para las carreras profesionales. Reenfocar la enseñanza de niños y jóvenes, formar a las nuevas generaciones para trabajos que no existen, es uno de los grandes retos. El otro es el de capacitar y redistribuir a decenas de millones de trabajadores de mediana edad. Más de la mitad de todos los empleados requerirá una nueva capacitación significativa para 2022, según un informe del Foro Económico Mundial (WEF).

Alrededor del 37% de los trabajadores en Europa ni siquiera tiene habilidades digitales básicas, sin mencionar las habilidades más avanzadas y especializadas que las empresas necesitan para adoptar con éxito las tecnologías digitales. ¿Cuáles son las competencias necesarias? Tenemos, por una parte, los conocimientos técnicos y, por otra, las llamadas soft skills: competencias sociales o habilidades interpersonales. Estas últimas marcarán la diferencia ante personas con conocimientos técnicos iguales.

El experto Stowe Boyd señala 10 habilidades esenciales: curiosidad sin límites, creatividad, capacidad de colaboración con software y con máquinas, liderazgo espontáneo, Incertidumbre constructiva, ética compleja, capacidad de generalizar de forma profunda (prosperar en muchos contextos pero comprendiendo su interconexión), lógica de diseño para imaginar no solo lo que deseamos sino sus posibles consecuencias indeseables (especialmente cuando hablamos de introducir nuevas tecnologías en la sociedad), posteridad, y actuar y hacer con sentido. Hablamos de habilidades de pensamiento de nivel superior que no pueden ser codificadas, que ayudan a crear ideas únicas, críticas para la toma de decisiones.

Un estudio de Capgemini habla de competencias sociales digitales, y entre ellas lista la capacidad de centrarse en el usuario, la pasión por el aprendizaje, la colaboración, la toma de decisiones basada en datos, la comodidad con la ambigüedad, la actitud emprendedora o la capacidad de gestión del cambio.

Por otra parte tenemos las competencias técnicas. Un análisis de Deloitte muestra que las habilidades en matemáticas, estadística, gestión de proyectos y pensamiento lógico son requisitos previos para la mayoría de los puestos. También asegura que cualquiera que carezca de una comprensión básica de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas - los denominados campos CTIM o STEM- probablemente encontrará opciones limitadas de carrera.

Si entramos en lo que se denomina habilidades digitales duras, hablamos de metodologías ágiles de trabajo y desarrollo, programación y desarrollo web, computación en nube, optimización para buscadores, análisis de datos y ciencia de datos en general, ciberseguridad, diseño de interfaz de usuario, fabricación digital y otras más especializadas, como las relacionadas con la inteligencia artificial (aprendizaje automático, aprendizaje profundo, lingüística computacional), blockchain, realidades virtual y aumentada, etc.

Muchas de estas son vulnerables a la automatización, por lo que hay que combinarlas -dice Deloitte- no solo con las habilidades blandas sino con las humanidades y las artes. De hecho, cada vez es más común encontrar trabajos híbridos que combinan experiencia técnica (en uno o más dominios) con experiencia en diseño, gestión de proyectos o interacción con el cliente o usuario. Hablamos no ya de STEM sino de STEAM, con “A” de arte.

En qué y dónde formarse

“Las escuelas están educando a los niños para un mundo que ya no existe”, decía el titular de un artículo en The Wired en 2014. Lamentablemente, sigue siendo cierto. Y no solo eso, sino que no están educando para los trabajos que no existen pero que serán el futuro laboral de esos niños

Afortunadamente, tenemos alternativas. Muchas de ellas son gratis, como las que ofrece el Cibernàrium, el programa de capacitación y divulgación tecnológica de Barcelona Activa y el Ayuntamiento de Barcelona, que este 20 de noviembre celebraba su 20 aniversario. También es gratuita la escuela de programación 42, de origen francés, que recientemente ha abierto un campus en Madrid de la mano de Fundación Telefónica.

Gratuitos son, asimismo, multitud de cursos en internet, en español y en inglés, que ofrecen a menudo las universidades o plataformas dedicadas ex profeso a la formación online como CourseraKhan AcademyEdX o Udacity.

Otra opción son los denominados bootcampscursos intensivos muy especializados en habilidades digitales duras, muchos de los cuales integran competencias sociales. Ya hay muchos centros de formación y universidades que ofrecen este tipo de cursos o que están dedicados por completo a este tipo de enseñanza. Algunos ejemplos son Keepcoding, LeWagonIronhack o Wild Code School, o más enfocados en niños y adolescentes como Codelearn.

Esto es lo que nos demanda el presente y futuro a corto plazo del trabajo. No sabemos qué pasará a más largo plazo. Por eso es clave la formación continua, entendida como un proceso de aprendizaje de por vida. También es esencial cambiar la mentalidad reticente al cambio y tratar de acostumbrarse a él. Empezábamos con una palabra: incertidumbre. Terminamos con otra: beta. En el entorno tecnológico, se dice que un producto está “en fase beta” cuando está en fase de desarrollo, en una etapa previa a lanzarse al mercado.

Eso somos nosotros hoy: personas en constante fase beta, en continuo desarrollo; personas en construcción de sí mismas y de su presente y futuro individual y social; personas que viven en una sociedad en beta que -dicen desde la comunidad OuiShare- “está cambiando su propia organización, comportamientos y hábitos de trabajo y de consumo, pilotada por ciudadanos empoderados por la tecnología”. Tal vez esto solo esté pasando a pequeña escala; tal vez sea a más un deseo que una realidad, pero es posible y deseable aspirar a convertirnos en la mejor versión de esa sociedad en beta. El futuro será lo que queramos que sea si formamos parte activa del cambio.

Responsabilidad público-privadaSi bien es imprescindible la iniciativa propia para la formación, no toda la responsabilidad puede recaer en el individuo. Foro tras foro, expertos y expertas piden rediseñar el sistema educativo en todas las etapas de enseñanza para introducir no solo contenidos y habilidades acorde a lo que espera de los trabajadores del futuro sino formas más participativas de impartirlos. Otros dos pilares son la colaboración público privada para complementar el sistema de aprendizaje formal y la formación continua corporativa para el reciclado o capacitación en nuevas habilidades de sus empleados.
Cuidarnos tiene futuroAdemás de la demanda de habilidades y profesiones técnicas aumenta la necesidad de profesionales que nada tienen que ver con lo tecnológico y cuyo trabajo es difícilmente automatizable. Hablamos del trabajo social y las terapias ocupacionales, más necesarias a medida que envejece la población. También de otros como la fisioterapia. Cuidarnos es un trabajo con futuro.