Opinión    Biodiversidad digital

La democratización del narcisismo

El nuevo imperativo narcisista es hacerse un ‘selfie’ y publicarlo por la infantilizada necesidad de reconocimiento

19 minutos
Figuras humanas anonimizadas. MIT Media Lab. / Adolfo Plasencia

La presión que supone el enfrentarnos cada día a una enorme, ubicua y omnipresente cantidad de información, nos obliga a tratar de ver, leer y absorber por nuestro intelecto muchísimas cosas, en las horas que duran naturalmente nuestro día y noche, que de ninguna manera podemos alargar ni recuperar.

Aunque no lo parezca, eso tiene muchas consecuencias y no es algo trivial. Pongo un ejemplo muy reciente que tiene que ver con el significado de los nuevos términos que usamos ahora mismo. Acaban de elegir la palabra del año en España: emoji. Mira por donde, en realidad, es un término japonés, que se ha hecho viral para ser usado en las redes sociales. Se trata de una palabra compuesta por los términos ‘e’, en japonés: ?, ‘dibujo’, más moji, en japonés: ??, ‘carácter’, adaptada al español como emoji. Los emojis son usados masivamente como emoticonos, a raíz de su integración masiva de la industria tecnológica en sus interfaces para dispositivos móviles, cuyo uso aceptamos gregariamente como cualquier moda, tecnológica o no, sin la menor resistencia (tememos ser criticado como obsoletos).

Tras los emojis se esconde un resultado. Su inserción en un número inmenso de conversaciones de texto, por ejemplo, desde este año, a través de teléfonos inteligentes, ha eliminado de las mismas -no tenemos tiempo para más- múltiples matices del lenguaje escrito, en una inmensa parte de la comunicación interpersonal textualizada, mediada por los teléfonos inteligentes. En ella, la calidad, finura y matices del lenguaje casi han desaparecido.

En realidad, no porque así sea mejor o tenga más sentido. Simplemente porque nos faltan minutos cada día; y, al tiempo, por mor de ‘estar al día’ o ‘a la moda’, o aparentar ser modernos, una crasa confusión muy propia del guirigay lleno de equívocos en que se ha convertido la comunicación más canalla de las redes sociales. Ya han sido noticia las primeras separaciones y divorcios en España que se han hecho saber al otro a través de un simple WhatsApp, mediante pobres, en todos los sentidos, mensajes, trufados de emoticonos, y cutre comunicación low cost, expresión que significa bajo coste, pero también baja calidad. Triste final retórico para esas relaciones de pareja.

El nuevo imperativo narcisista: ‘selfie’ + publicar

Pero, hay otro factor más allá de la erosión de nuestro tiempo disponible. Tiene que ver con el cómo deseamos que nos vean y nos reconozcan los otros/as digitalmente. Leyendo el magnífico reciente artículo La mancha humanoide de Bárbara Ehrenreich, reflexionaba yo sobre el sentido que tuvo para nuestros antepasados cavernícolas el realizar el enorme esfuerzo de pintar a todo tipo de grandes animales en las cuevas del paleolítico, sobre todo, en las maravillosas Lascaux o Altamira. Y también, además, sobre la razón por la que aquellos grandes artistas del pasado no se molestaron nunca en firmar sus obras de arte ni en dotar de expresión facial a sus figuras humanas.

Ni pintaron emojis, ni emoticono alguno. Podría decirse que aquellos grandes pintores y artistas de Altamira y de Lascaux serían en la jerga de hoy, unos antiselfies. Quizá eso es una pista sobre que no estaban aquejados de dos dolencias sociales actuales muy extendidas que hoy nos acechan. Una, la infantilizada necesidad de reconocimiento de los otros en las pantallas; y otra combinada con aquella, la del actual narcisismo de corte digital y social. En palabras de Ehrenreich, tanto en Altamira como en Lascaux “los animales no humanos están pintados con una atención casi sobrenatural en sus detalles faciales y musculares, pero, sin duda, para decepción de los actuales turistas y sus móviles, los humanoides pintados en las paredes de las cuevas no tienen rostro.” Es decir, el mal del narcisismo social es seguro que no existía entonces.

Al contrario que hoy, donde, en palabras de Bárbara: “Todo el mundo parece fascinado por sus autorretratos electrónicos -vestidos o no, maquillados o naturales, fiesteros o pensativos- y decidido a difundirse/los lo más ampliamente posible”. Pero no todo el mundo es igual. Hay ejemplos conocidos de justo lo contrario. Es sabido que algunos de los mejores artistas del arte contemporáneo reverencian estas obras anónimas (antinarcisistas). Por ejemplo, Jackson Pollock, que después de ver en la cueva las maravillosas siluetas de manos, extendidas y aplantilladas sobre la roca ocre, las homenajeó dejando huellas de manos a lo largo del borde superior de, al menos, dos de sus cuadros más conocidos. O Pablo Picasso, que visitó la famosa cueva de Altamira antes de huir de España en 1934 y salió diciendo: “Más allá de Altamira, todo es decadencia”. 

Hay una conclusión, para mí relacionada con el tiempo, muy expresiva y de sutil ironía en la reflexión de Bárbara Ehrenreich, que afirma muy segura: “Este arte rupestre sugiere que los humanos alguna vez tuvieron mejores formas de pasar su tiempo”. ¿Mejores que las que pasan millones de adictos digitales dedicando a sus pantallas una ingente cantidad de tiempo? Tal vez.

Solo daré ahora, como ejemplo, unas cifras de la red social WhatsApp de 2019. En esa red social, cada minuto, se están enviando 29 millones de mensajes; el número de los mensajes escritos y enviados cada día en ella ¡supera los 65.000 millones!; y sus llamadas de voz y vídeo diarias consumen más de 2.000 millones de minutos del tiempo de los usuarios. Es para pensarlo ¿A qué dedicaban estos usuarios, esa ingente cantidad de tiempo antes de que existiera esta red social?; o ¿qué han dejado de hacer en sus vidas durante 33 millones de horas diarias de tiempo personal, que han estado frente a la pantalla? Esta forma de consumir el tiempo se ha convertido en una nueva lacra de nuestra época y tiene un nombre: procrastinar ¿Y qué es eso? Pues algo más grave aún que dejar que el tiempo transcurra en nimiedades. Conduce a “matar lo esencial mediante lo irrelevante”, como ya dije en estas mismas páginas.

El narcisismo (digital) democratizado

Volviendo a la actualización de significados de los términos que usamos hoy en día, creo que hay que repensar el de la palabra ‘democratización’ para nuestras necesidades actuales. En sentido amplio, se decía tradicionalmente, por ejemplo, referido a las tecnologías, que algo se había ‘democratizado’ cuando se ponía al alcance de todos, o se hacía accesible para todo el mundo, independientemente de las circunstancias o medios económicos de que dispusiera cualquiera.

El concepto de ‘brecha digital’, por ejemplo, surgió de eso, de evaluar las diferencias entre los que tenían, o no, acceso a Internet o a herramientas digitales. En ese sentido ‘el acceder’ se volvió tan importante que, algunos, hace aún pocos años, etiquetaron con ello nuestra época, llamándola la Era del Acceso. Que fue importante lo demuestra que el oportunista Jeremy Rifkin, siempre atento, publicó un libro al que precisamente llamo así: La Era del Acceso. Casi nadie ha seguido manteniendo eso como importante. Se ha vuelto obvio y cotidiano.

Desde siempre, ha habido muchas cosas que solo han estado accesibles tradicionalmente para las clases pudientes, sin embargo, en tecnología manejamos otro concepto para medir la accesibilidad, que es la tasa de penetración social. Fue la tecnología de la telefonía móvil la primera de la historia que, al menos en occidente, alcanzó el 100% de penetración social. Hoy en día ya no decimos que la telefonía móvil se ha ‘democratizado’ cuando hay en uso más de una línea’ de teléfono móvil por habitante, como ya ocurre. Decimos que la telefonía móvil se ha ‘universalizado’ porque ya hay 7.000 millones de líneas de teléfono móvil en el planeta. Más que habitantes tiene la Tierra.

Siempre hemos hablado de ‘democratizar’ o universalizar en sentido positivo. Pero ya empezamos a ver malos efectos de la tecnología, y no hablo de artefactos, sino de también de aplicaciones o de interfaces, para verlas en pantalla de forma de servicios digitales. Cuando nos damos cuenta de los efectos sociales que contradicen o van más allá de lo que tiene sentido, empezamos a comprender que no se puede hablar de ello de la misma manera sino, en el sentido que se le da a cosas a combatir o erradicar.

Por ejemplo, no deberíamos aplicar los mismos términos de antes de sentido ‘positivo’ o deseable, cuando cosas producidas por la tecnología citada tiene unos efectos sociales nefastos. Ya he hablado antes del ‘procrastinar’. Pero, ¿se imaginan decir que ‘se han democratizado las adicciones digitales’?. ¿O que se ha democratizado el narcisismo digital’? Pues si usamos las acepciones cuantitativas del ‘democratizar’ sería una expresión correcta.  Pero en lo cualitativo, dicho verbo, entra dentro de los significados abominables. Y dentro de ello, también en expresión de la citada Ehrenreich: “En nuestra época, cualquiera que pueda permitirse un smartphone, -ya eso ya es el 100% añado yo-, puede propagar su propia imagen, "publicar" sus pensamientos más fugaces en los medios sociales y pulir su ‘marca’ personal”.

Afirma Bárbara que el “narcisismo se ha ‘democratizado’ y ya está disponible para todos...” Estoy de acuerdo. Sin embargo, hay más. Como la tecnología digital creada para ello está promovida por la industria para que sea adictiva implica que, ese, es un narcisismo no impuesto sino, -con la ayuda de las modas, el ‘brazo armado’ de las industrias digitales de la estupidez-, deliberadamente inducido, es decir no libremente decidido por quien lo practica. Pero ¿se puede llamar ‘democratizado’ a algo inducido?

Volviendo a los significados. El origen del término ‘narcisismo’ viene de un personaje mitológico protagonista de una bella, pero triste historia. Se trata de Narciso un joven de apariencia tan bella, hermosa y llamativa, que todos, hombres y mujeres, sucumbían enamorados de él, pero este, a todos y todas rechazaba. Su desgracia comenzó cuando despreció a la ninfa Eco, lo cual fue tomado como soberbia por Némesis, la diosa de la venganza que, para castigarle, hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en una fuente. Narciso cayó en una contemplación absorta de sí mismo, e incapaz de separarse de su propia imagen, acabó trágicamente arrojándose a las aguas. Ahora podría haber un corolario.

Si una parte considerable, afortunadamente no toda, de las personas, usuarias en las redes sociales, acaban presas de modas como el selfie, la imperativa instantaneidad, de lo inane o lo falso, alejadas de toda reflexión propia consciente ¿podríamos decir que las prácticas masivas online de ciertas muchedumbres, convierten a una parte significativa de esta sociedad digital en narcisista y que van camino de una estupidización creciente? Obviamente, sí.

Me intrigan dos cosas al respecto, y me pregunto... Una, en ese caso ¿quién ha hecho contra nosotros el papel de Némesis para castigarnos con esta ‘democratización’ del narcisismo digital?; y dos,  ¿nos espera por el camino que vamos un castigo digital de altura mitológica? Porque, en la versión romana del mito, Narciso es atormentado en el inframundo obligado a contemplar para siempre un reflejo que no se corresponde con lo que él ama, sino con lo que repudia. Espero que esta sociedad conectada no nos castigue de esa manera a contemplar una y otra vez, constantemente, cosas que suceden ante nosotros y repugnan el sentido y la razón, e insultan a la inteligencia. Una de ellas, que no la única, podría ser ese ‘narcisismo (digital) democratizado’ en todas sus formas. A veces hay cosas nefastas que vemos un día tras otro, en un proceso que parece de nunca acabar, tal como le ocurre a Narciso en su leyenda. Pero no perdamos la esperanza. Muchas de estas prácticas son tan irracionales y sin sentido que, de pronto, se puede poner de moda lo contrario. Las modas, por definición, son fungibles y efímeras, y en lo digital mucho más.