Opinión    Biodiversidad digital

Lecciones de la pandemia del coronavirus: ¿aplanar la curva no es suficiente?

Muchos economistas solamente ven esta crisis como algo económico, no humanitario

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En mi primera entrega sobre la pandemia del Covid-19, dije que esta crisis iba a poner a mucha gente en su sitio, pero no me imaginaba hasta qué punto iba a ser así y con tanta rapidez.

Bertrand Russell afirmó, coincidiendo con Einstein, que “todos partimos del ‘realismo ingenuo’", es decir, de la doctrina de que las cosas son lo que parecen. Me declaro seguidor de ese tipo de realismo porque después siempre hay tiempo de rectificar si nos equivocamos. La vía científica del ‘ensayo y error’, que aprendiendo de nuestras equivocaciones, me parece la mejor actitud ante esta realidad.

¿Por qué esta aparente digresión inicial? Pues porque creo que, ante la enorme y casi instantánea transformación que el coronavirus está causando directamente en nuestras vidas, la mejor actitud es la humildad, que no la resignación. Pero parece que no todos están de acuerdo.

Si algo me está asombrando, más aún que la propia situación que vivimos, son la conducta de muchos dirigentes y gobernantes que me producen una enorme vergüenza ajena, confirmando con creces lo que algunos nos temíamos. Desde Boris Johnson hasta Trump; desde Bolsonaro hasta López Obrador en México. Lo que no me esperaba es la actitud de otros, que en lugar de hacer actos de contrición por su nula previsión, siguen pontificando como si el desenlace de esta pandemia dependiera solo de su probada incompetencia.

La crisis del coronavirus ya es mundial. A fecha 24 de marzo ya se había informado de más de 392.331 casos de Covid-19 en más de 190 países y territorios, produciendo más de 17.156 muertes y 103.000 altas. Todos esos números siguen subiendo, hoy por hoy, imparables. Y ¿cómo llamamos a esto? Aunque el nombre oficial que le da la Organización Mundial de la Salud (OMS) es “brote de enfermedad por coronavirus (Covid-19)”, yo prefiero llamarla por lo que es: una catástrofe humanitaria de una velocidad y gravedad mundial sin precedentes.

Hay algo inaudito. Esta pandemia no es algo inesperado. Los epidemiólogos y los expertos en virus sabían que podía ocurrir, y hubo muchas advertencias de científicos y de personas muy relevantes con una enorme capacidad global de trasmitir ese aviso. Pero ningún dirigente ni institución política estatal o supraestatal se hizo eco. Encerrados en sus burbujas del corto plazo, ningún país del Primer Mundo tenía previsto ningún plan de contingencia para una crisis de la dimensión actual, y si alguno lo afirma, yo diré que miente. Y si algún augur de la economía dice ahora, apoyándose como siempre en cualquier recurso histórico anterior, le desmentiré.

Y algo más: la catástrofe humanitaria y salvar vidas es el detonante y el asunto principal, lo esencial; el desastre económico inducido es posterior, uno de los efectos; y no al revés. Lo primero es detener la pandemia. Si no se consigue, ¿qué mundo y qué economía va a venir después?

Una innovación darwiniana de la naturaleza

Todo aquel que haya leído el decisivo libro del filósofo de la ciencia y la innovación Javier Echeverría El Arte de Innovar, ya sabe que la innovación no es solo un atributo humano, sino también de los ecosistemas y de la naturaleza.

Además, la innovación no es un asunto moral; no es buena de por sí; puede ser buena o mala, según para quién o a qué seres o criaturas afecte. Es un fenómeno que tiene que ver con la interacción entre los seres vivos y sus entornos. Y, por decirlo en sus propias palabras, innovar "es algo humano, pero no sólo humano. En general, es algo vinculado a la vida, entendida en el sentido evolucionista y darwinista". Es algo que produce cambio y, al cambiar, "transforma el entorno en el que ha surgido esa novedad. Y no solo produces bienes. También puede producir males”.

La tremenda catástrofe a la que estamos asistiendo enclaustrados imperativamente desde casa en todo el (supuesto) Primer Mundo, a través de nuestras pantallas de la segunda digitalización, ilustra perfecta y diáfanamente estas afirmaciones.

Echeverría define a la innovación como “un proceso interactivo que genera algo nuevo que puede ser valioso o ‘disvalioso’ en entornos o sistemas determinados.” En el caso que nos aflige es ‘disvalioso’ para las personas, en un grado gigantesco. Ese proceso puede ser lento o rápido (estamos de nuevo, en la segunda opción). Y puede ser intencional, o no.

La ‘innovación’ del Covid-19 yo diría que es disruptiva (enormemente transformadora y exitosa para el coronavirus y nefasta para las personas contagiadas y sus allegados); y que sepamos, ‘no intencional’. Si alguien está dispuesto a atribuir intenciones a un coronavirus o a una multitud de ellos, (hay científicos que, a los virus y sus variantes han llegado a calificarlos como formas biológicas de ‘no-vida’), tendrá que demostrarlo.

Según afirma Echeverría en su libro, “las poblaciones bacterianas (o, por extensión, víricas) son espacios de innovación en la biosfera en los que continuamente surgen nuevas especies (o ‘cepas de virus’) posibles, aunque muy pocas de ellas sobrevivan. Estas últimas, serían ejemplo de innovaciones en la biosfera, pudiendo ocurrir dentro del cuerpo humano sin que el cerebro tenga conciencia de esos procesos intracorporales. Esas modalidades de innovación no son intencionales". 

Está claro que el cerebro de los afectados no tiene conciencia de los citados procesos, pero sí de sus devastadores efectos, que se traducen en incapacidad respiratoria y otros problemas derivados, que si llegan a un alto nivel de gravedad, pueden causar su muerte como esta ocurriendo a miles de personas.

Lo que al menos sabemos ya es que el vector de contagio en esta pandemia es, sobre todo, el humano. Lo asombroso es que este coronavirus invada por la respiración de forma asintomática durante unos días, siendo capaz de viajar en el interior de millones de personas por todo el mundo.

Y es casi seguro que cientos de miles de personas hayan contagiado involuntariamente y sin intención a sus vecinos de asiento, en aviones y vehículos terrestres, en grandes barcos de crucero, y en todo tipo de vehículos comunes; o en reuniones familiares o de trabajo; espacios públicos y comerciales o en los propios domicilios. La extrema movilidad de las personas en el mundo actual está siendo un colaborador necesario, a la vez que ignorante e involuntario, del coronavirus para su tremenda y velocísima expansión.

También la proximidad física amistosa o circunstancial en los propios hogares o locales de trabajo. Un abrazo o saludo afectuoso entre familiares o amigos a la llegada de un viaje. O en una emocionada visita a un anciano o a la abuelita en la residencia. También están ocurriendo otros contagios involuntarios como en la mayoría de los casos más graves de enfermos en hospitales, que contagian sin quererlo al a personal sanitario que les intentan salvar. Una casi increíble paradoja.

Prácticamente, la mayoría de los contagios ha sido no intencional, pero también los ha habido fruto de la indolencia o incredulidad de gente más joven, que es un peligro potencial para los más mayores por pura ignorancia, pereza o esnobismo.

Que esta innovación vírica, no intencional, podría ocurrir a medio o largo plazo lo saben bien los epidemiólogos y los que han querido escucharles y tomar en consideración sus palabras. Pero todo tipo de autoridades ignoraron sus advertencias. Esta va a ser una pavorosa lección que no sé si nuestras sociedades del Primer Mundo van a estar dispuestas a aprender, porque es muy dura. 

¿Aplanar la curva del coronavirus no es suficiente?

¿Por qué me muestro pesimista sobre el hecho de que las sociedades y sus líderes puedan aprender esta lección? Me dan las primeras razones ciertos economistas que ya están pontificando as usual sobre esta crisis, no como humanitaria, no como algo que está causando miles de muertes y enormes dosis de dolor humano, sino como un asunto literalmente económico.

El profesor de gestión estratégica Joshua Gans, catedrático Jeffrey S. Skoll de innovación técnica y espíritu empresarial en la Escuela de Administración Rotman (Toronto), hace suya la pregunta que titula este artículo, aunque, en su caso, como afirmación asertiva. Advierte, en un artículo en econfip, que salir de esta crisis requiere “abordar la creciente pandemia con una nueva mentalidad y la requiere rápidamente”. Es decir, que es un problema que deberemos resolver con un ‘rápido cambio cultural'.

El segundo epígrafe de su texto es, en mi opinión, casi lacerante: “Aplanar la curva no es suficiente y es muy costoso". Argumenta, textualmente, que las políticas de lavado de manos, restricción de viajes y distanciamiento social están todas dirigidas a este resultado, “aunque todos estamos ya de acuerdo en que debieron empezar antes”.

Y aquí viene lo gordo en su conclusión. Lean: “Sin embargo, esta política tiene costos que deben ser compensados con beneficios. En primer lugar, el aplanamiento de la curva amplía la perturbación a corto plazo -el largo distanciamiento social que debe tener lugar y la consiguiente perturbación de vida y trabajo-. Por lo tanto, habrá una recesión, -un descenso de actividad económica-, no por una fuerza financiera un tanto misteriosa que solemos temer, sino porque hemos decidido reducir la actividad económica".

Y añade: "Por una vez, esta es una recesión que los economistas saben cómo tratar y están de acuerdo unos con otros”. Los economistas como, es el caso, me dejan sin palabras, mudo, pero de estupor. Su último apartado, para aclarar a qué tipo de ‘cambio de mentalidad’ se refería, lo titula así: “En pie de guerra”. Ahorraré al lector citar lo que dice para no contagiarle mi estupor, ahora ya extremo.

Con economistas y expertos así, que ven estrictamente oportunidades de negocio en esta tragedia, la humanidad ya no necesita enemigos. No sé si esta persona “comprometida con la economía y las sociedades inclusivas” hubiera escrito ese mismo texto aislado en su casa sabiendo que, en una UCI al borde del colapso su anciano padre, aquejado de patologías previas y contagiado con CV-19, intenta sobrevivir. Lo dudo mucho.

Mi conclusión es que si alguien consigue sacarnos de esta crisis serán los científicos y profesionales de la medicina, las farmacias y toda la extraordinaria gente de los sistemas de salud que se está dejando el alma en el intento, poniendo su vida en peligro, sin olvidar a todos los demás. No tenemos casi ninguna certeza sobre cómo va a evolucionar esta pandemia. De lo que único de lo que estoy seguro es que quien nos saque adelante no serán economistas del citado pésimo jaez. Manténganse aislados. Manténganse sanos. Y háganlo no solo por ustedes, sino por todos nosotros. Estamos todos en el mismo barco.

 

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