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Los premios Nobel "más gamberros"

Mientras algunos científicos trabajan para buscar vacunas contra el nuevo coronavirus, otros investigan en proyectos que les harán ganar los 'anti-Nobel'

22 MAR. 2020
10 minutos
Francisco Alonso, uno de los ganadores españoles del Ig Nobel
Francisco Alonso, uno de los ganadores españoles del Ig Nobel / INNOVADORES

Annals of Improbable Research (algo así como Anales de Investigaciones Improbables) es una revista que se dedica al humor científico y, desde 1991, otorga un reconocimiento anual a los diez trabajos, digamos, más peculiares que se han publicado. Son conocidos como los Ig Nobel, una especie de 'anti-Nobel' de la ciencia.

España triunfa en estos galardones tan originales que, según sus creadores, reconocen investigaciones que "primero te hacen reír y luego te hacen pensar". Varios grupos nacionales, integrados por cerca de veinte científicos e inventores, ya lo han recibido. Frente a estos están los Nobel, los formales, que se entregan en Suecia y de los que España sólo cuenta con dos en ciencias, los concedidos a Santiago Ramón y Cajal y a Severo Ochoa en la disciplina de Fisiología o Medicina. Aunque si afinamos, Severo Ochoa lo recibió en el año 1959 y desde mediados de 1956 era oficialmente estadounidense.

La ceremonia de los Ig Nobel, que se celebra en la Universidad de Harvard, congrega cada año a cuatro o cinco investigadores que sí han recibido un Nobel  de los de verdad. Estos genios de la ciencia se dedican a reírse de todo el mundo, incluido de ellos mismos, y a tirar avioncitos de papel a un auditorio lleno de investigadores y estudiantes universitarios.

Para qué sirven

¿Quieres saber por qué las heces de un wombat son cúbicas? Pues este pequeño marsupial australiano tiene al final de su intestino un sistema muy peculiar que hace que sus deposiciones tengan esa forma. Sí, los físicos que lo descubrieron se llevaron un Ig Nobel, y no era su primera vez. Unos años antes consiguieron otro de los galardones estudiando la orina de estos mismos animales.

Está claro que algunas veces hay investigaciones a las que no se le ve aplicación clara, a no ser que se mire profundamente. En el año 2006, un equipo fue premiado en el área de Biología por sus investigaciones con el mosquito Anopheles gambiae, principal transmisor de la malaria. El equipo descubrió que este insecto se siente atraído por igual al olor del queso Limburger y al hedor de los pies humanos. Pues bien, aunque en su momento hizo mucha gracia, lo cierto es que en la actualidad en algunos países africanos se colocan trozos de ese queso en lugares estratégicos para que los mosquitos acudan ahí y no se acerquen al ser humano. Es una idea más para intentar combatir la epidemia de la malaria, que enferma a millones de personas cada año.

El investigador cobaya

Siempre se habla de que la ciencia es sacrificada, dura y exigente. No se puede olvidar, por ello, a tantos investigadores e inventores que han sacrificado su vida o, como mínimo, algunas partes de su cuerpo, en pro del avance de la humanidad.  Y no, no hablamos de probar fármacos o vacunas, sino de hacerte una colonoscopia a ti mismo o de dejarte picar por todo el cuerpo por abejas para saber en qué zona te duele más. A pesar de lo que podáis pensar, la peor parece ser la aleta de la nariz.

En este caso, el estudiante de postgrado recibió el Ig Nobel de Fisiología y Entomología y uno de los aplausos más entusiastas que se recuerdan. Porque en total se dejó picar tres veces en 25 zonas distintas de su cuerpo. Por cierto, detrás del dolor de la nariz está el del labio superior y el tercero es el que todos estábamos esperando, el pene.

Este tipo de experimentos peculiares se llevan haciendo muchos años. Ya en 1994, el veterinario Robert López fue premiado por una serie de estudios que consistían en ver qué pasaba si colocaba ácaros, recuperados de las orejas de algunos gatos, en sus propias orejas. Pero si hablamos de locuras, tenemos que citar el Premio Ig Nobel de Seguridad Laboral otorgado al canadiense Troy Hurtubise. Este visionario diseñó y comprobó personalmente la eficacia de un traje blindado a prueba de ataques de osos grises. Sobrevivió para contarlo y hasta para publicarlo.

Los Ig Nobel españoles

Marisa López-Teijón, directora de Institut Marquès, ganó en 2017 el Ig Nobel de Obstetricia por Babypod, un dispositivo intravaginal para que las embarazadas puedan poner música a su bebé durante la gestación. "El premio me hizo mucha ilusión porque intentan universalizar la investigación científica de una forma fácil y divertida. Me encanta su filosofía. Recuerdo la experiencia como un sueño. En la entrega de premios nos trataron como si fuéramos héroes de cómics de aventuras científicas. Además, nos ha permitido presentarlo en las mejores universidades de Europa, como el Imperial College de Londres", destaca López-Teijón.

Un año más tarde llegaba otro premio para un investigador español. El experto en tráfico y seguridad vial de la Universitat de València, Francisco Alonso, recibió el Ig Nobel de la Paz por medir la frecuencia, la motivación y los efectos de gritar e insultar al conducir un automóvil.  Alonso, al igual que la otra premiada española, considera la experiencia como muy positiva ya que tuvo la oportunidad de impartir una charla en el MIT ante centenares de personas, algo que no es fácil de conseguir. En la actualidad colabora con otros países para reducir los accidentes de tráfico fruto de la "agresividad en la conducción" y destaca: "En base al estudio que hicimos se reformó el Código Penal en lo que concierne a delitos de tráfico".

Otros premios han reconocido la importancia de comprobar la Ley de Murphy, sí, la de la tostada con mantequilla. Se ha premiado a los que confirmaron la creencia generalizada de que maldecir alivia el dolor e incluso a un estudio que demostraba que cuando un subordinado apuñala a un muñeco de vudú que representa a su jefe, la sensación de injusticia se mitiga. No hay más comentarios, porque eso ya lo imaginaba más de uno.

Aunque parece que el que recibe un premio de este tipo no conseguirá nada serio en ciencia, los hechos han demostrado lo contrario. El científico Andréi Gueim ganó en el año 2000 un Ig Nobel por hacer levitar una rana viva gracias a las fuerzas magnéticas. 10 años más tarde, este físico neozelandés ganó el Nobel de Física, el Nobel de verdad, por sus hallazgos sobre el grafeno. Eso sí, Gueim es la única persona hasta el momento que ha sido reconocida con ambos premios. 

Este artículo puede terminar de la misma forma en la que acaba la gala de premios de los Ig Nobel todos los años: "Si no ganaste un premio, y especialmente si lo hiciste, ¡mejor suerte el año que viene!".