A fondo    Sectores ante el reto digital

Agruparse no es una opción ya: el agritech reta al campo

El sector español mira de lejos a la digitalización lastrado por su atomización y la falta de relevo. Para sobrevivir al uso de la tecnología en el campo, solo existe un camino: crear ecosistemas abiertos y modernizados

30 ABR. 2019
19 minutos
Si no hay conectividad, las nuevas tecnologías no podrán utilizarse en el campo. / Priscilla Fong / Unsplash

Apostar unos euros a que usted, hoy, ciudadano del primer mundo, va a comer algo, no es jugársela demasiado. Ayer, hoy, mañana, pasado y (si no pasa nada fuera lo común) cada día del resto de su vida. La alimentación es la necesidad más básica del ser humano y el campo, el epicentro de la ingente maquinaria que hace posible que tengamos algo que llevarnos a la boca. Da igual que no opte por la verdura, la fruta o los cereales en cualquiera de sus formas. Porque, aunque coma carne, en la mayoría de casos esos animales estarán alimentados con piensos que, de alguna forma, vienen del campo.

Los problemas alimentarios pueden parecer cosa del Tercer Mundo, pero si miramos las proyecciones de la FAO, no es difícil ver que un panorama dramático acecha. La población mundial está entrando en una fase increíblemente expansiva y en 2050 seremos 10.000 millones de habitantes en nuestro planeta, frente a los 7.000 actuales. Y, sin embargo, la superficie cultivable es la misma o incluso de peor calidad gracias a fenómenos como el cambio climático o el uso irresponsable de los recursos naturales. "Para responder a la nueva demanda, la producción tendrá que aumentar en un 70% desde los niveles actuales", explica Carlos Peregrina, socio responsable del sector consumo en KPMG España. La única vía posible para lograrlo es aumentar la productividad de las plantaciones actuales. ¿Cómo? La tecnología, como para tantas cosas, es la respuesta.   

Todo este marco teórico supone un verdadero desafío para la agricultura del presente y del futuro. Y muy especialmente en nuestro país, donde es uno de los sectores más estratégicos, con una aportación al PIB que supera el 12%, siendo así la primera industria tras el turismo. España, de hecho, es según Eurostat el país de la Unión Europea con mayor proporción de PIB agrario. Así se entiende que el salto de la agricultura al agritech no sea una opción, sino una necesidad más que urgente.

"La digitalización está siendo mucho más lenta que en otras industrias", señala el experto de KPMG. Y además es un proceso que va a dos ritmos muy distanciados. Por una parte, están las grandes compañías agrícolas y hortofrutícolas, intensivas en exportaciones y que se dedican especialmente a producir aceitunas o vides, que están apostando por la tecnología y adaptando los cultivos a nuevos usos.

Sin embargo, "el sector primario tradicional está muy lejos: solo está empezando", lamenta Vicky Iriarte, directora de inversiones y responsable de aceleradora agritech Orizont. El tamaño medio de la explotación española, muy atomizada, es el principal freno para su digitalización porque cuando se plantean invertir en determinadas tecnologías, "los números no salen".

Por su aceleradora llevan desde 2015 pasando startups que quieren acercar la tecnología al campo. Sin embargo, la realidad es tozuda: su mercado está en las grandes empresas "porque tienen en su organización a gente experta en innovación, digitalización o competitividad", cosa que no sucede en la mayoría del campo español. 

Los nuevos aliados

"El reto es grande", dice el director de relaciones institucionales de Bayer en España, Richard Borreani. "España es un referente a nivel mundial en exportación de frutas y hortalizas en fresco. Nos estamos preparando para el cambio, pero hace falta un relevo generacional y la tecnología tiene que atraer a muchos jóvenes", explica el responsable de Bayer sobre uno de los principales problemas del campo español: la falta de manos jóvenes. 

Con o sin ellos, "en los próximos cinco a 10 años se va a producir una enorme transformación en el campo español", asegura Ricardo Díaz, jefe del departamento de instrumentación y automática en Ainia, el instituto tecnológico de la industria agroalimentaria. ¿En qué se concreta esta revolución? En campos hiperconectados con sensores, vehículos autónomos, la robotización  de labores tradicionalmente manuales como el sembrado o la poda y la aplicación de herramientas que ayuden a la toma de decisiones. "Crecerán las tecnologías electrónicas basadas en el suelo y también las fotónicas, como los sistemas de visión que a partir de huellas espectrales puedan conocer el estado de salud del campo y toda clase de indicadores agronómicos clave para el agricultor", explica. 

Para Díaz, la digitalización del campo va mucho más allá de los agricultores e incluye a actores tan cruciales como las empresas de maquinaria que, asegura, ya están renovando en nuestro país su equipamiento para incluir los sensores más avanzados de visión, captura de datos y digitalización; y a las empresas de fertilizantes y fitosanitarias, que buscan minimizar las plagas ajustándose a los estrechos márgenes de la legislación vigente.

"Hay tecnológicas fantásticas a muchos niveles... el reto es saber cómo implementarlas", dice José Luis Miguel, secretario general de Coag, la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos. Hablar de internet de las cosas y de big data está muy bien, pero de nada sirven si el 3G o el 4G no llegan a las zonas rurales de España. "Si pones un sensor, pero no hay conectividad, ¿para qué te sirve?", se lamenta. 

Ecosistema abierto

Empezar la casa por el tejado es complicado (y una inversión más que arriesgada), pero el coordinador de Coag no puede negar que falta también entre los agricultores una visión más abierta y formada sobre la tecnología. "Tenemos que construir un ecosistema digital que ponga en el centro a los agricultores y que les permita evolucionar y transformar la explotación para seguir siendo viables en el futuro", reclama.  

Es consciente, como todos los expertos consultados, de que la unión hace la fuerza y los pequeños agricultores aislados no van a poder sobrevivir si no abrazan las últimas tecnologías para dar paso a una producción más controlada, personalizada y precisa en todos sus ámbitos. "Es un reto que excede las capacidades de un agricultor en solitario", lamenta. Y apuesta por la colaboración a través de cooperativas para acometer las inversiones necesarias y enfrentarse con recursos a esta nueva era de la agricultura. 

 Sin embargo, aunque se extienda el modelo de cooperativa, "se deberán modernizar sus órganos de gestión y su visión estratégica si quieren resistir en un entorno que es cada día más competitivo y exigente, y que necesita cada vez mayores inversiones tecnológicas", señala el experto de KPMG, para quien sin estructuras más grandes, eficientes y automatizadas será muy difícil mantener la posición en los mercados nacionales e internacionales. "Por ello, parte del interés de los fondos de inversión es concentrar estas organizaciones", dice. Y es que en los últimos años ha crecido intensamente su apuesta por el campo y cada vez son más los grupos internacionales que están comprando tierras como negocio de futuro, especialmente en los países más pobres. Esta solo es una prueba más del interés estratégico y comercial que va a suscitar la posesión y el trabajo de la tierra en los próximos años. 

Negocio, ¿de quién?

Parece una dicotomía, pero mientras el campo español muere ante la imposibilidad de un relevo generacional, los fondos de inversión cada vez ponen más euros en él. "Las barreras de entrada a este sector son muy fuertes, hacen falta muchas inversiones. Si no conseguimos que nuestros jóvenes se interesen por los campos para seguir trabajándolos, terminarán todos en manos de los grandes fondos de inversión", lamenta el coordinador de Coag.

"Se ha despertado un gran interés en los últimos tres años porque el campo sí es un negocio de futuro. Lo que sucede es que los fondos compran extensiones muy amplias: quieren tener la fuerza del tamaño para que los números sí les salgan", sentencia la responsable de Orizont. "Una explotación ganadera con 50 vacas está condenada a morir también", dice, porque es un factor que afecta prácticamente a todo el sector primario. Sin embargo, con la extensión por la que apuestan los fondos «sí se puede invertir en maquinaria y en infraestructura y que sea rentable". Y ahí está el negocio: en disponer de más tierras para poder implementar todas las tecnologías que ya son una realidad, pero que no terminan de llegar al campo y que cambiarán por completo el concepto de la producción agrícola.

Sostenibilidad y calidad

"Mientras la demanda de los alimentos sigue creciendo, las expectativas de los consumidores respecto de los medios de producción cobran mayor interés, con la sostenibilidad como valor no negociable. El reto de la agroindustria es producir más comida mientras usa cada vez menos recursos naturales, teniendo en cuenta productos más sofisticados que cumplan con las necesidades y demandas de la población", argumenta Carlos Peregrina. 

Evidentemente los grandes productores serán quienes tengan más fácil llegar a más sitios y adaptarse más rápido a las modas y necesidades cambiantes que agitan con fuerza el mundo de la alimentación. Sin embargo, advierte, no todo está perdido: "La transformación del retail en lo que se refiere a la agroindustria viene marcada porque el consumidor busca aquellos productos de mayor calidad y fiabilidad, basados en la sostenibilidad. Los pequeños productores tienen la gran oportunidad de triunfar en los nichos donde la calidad se sobrepone a cantidad y a precio", dice, frente a lo que se comercializa en las grandes cadenas. 

Pero advierte: la parte pública también tiene mucho que hacer por delante. "Es necesaria una apuesta clara de las administraciones públicas por poner las bases normativas y los recursos necesarios para propiciar que las empresas puedan acometer cambios, buscando un equilibrio entre la sostenibilidad y la competitividad", señala el responsable de KPMG. En la misma línea, el portavoz de Coag reclama que haya una regulación que ponga orden en el uso, entre otras áreas, que se puede hacer de los datos recolectados por parte de terceros para ofrecer garantías y seguridad al agricultor.

En cualquier caso, en lo que todos coinciden es en que dentro de pocos años el campo no será cómo es hoy: la incorporación para entonces ineludible de la tecnología habrá cambiado el fondo y la forma de la agricultura para siempre. Que siga generando empleo en nuestro país  y que la economía no se resienta por la pérdida de competitividad de un sector tan importante dependen de ello. Negocio, sin duda, habrá. No igual, sino más y mejor, para quienes puedan se atrevan a dar el salto.  Como apunta el responsable de Bayer: "La agricultura es un mercado más interesante que nunca".

Adiós al clima como ventaja Uno de los grandes cambios que trae la tecnología a la agricultura es acabar con la ventaja del clima. España, uno de los principales exportadores en la UE de cultivos hortofrutícolas, se enfrenta ahora a enemigos insospechados como Holanda, que está invirtiendo activamente en modificar las condiciones de cultivos y acceder así a productos como las fresas, los tomates, las cebollas o las patatas.
El desafío del CRISPR La edición genética basada en tecnologías como el CRISPR es una de las grandes promesas, ya que permite crear semillas más resistentes a plagas o enfermedades y adaptar los cultivos al cambio climático. Pero la regulación europea está en contra. «Si la UE se mantiene en esta línea, los agricultores europeos estarán en una clara desventaja respecto a países como EEUU», lamenta el directivo de Bayer.