Opinión    Biodiversidad digital

Airbnb: gentrificación urbana bajo una ‘falsa’ economía colaborativa

Adolfo Plasencia
05 JUL. 2018
15 minutos
Foto de un cartel en Poblenou, Barcelona, que dice 'Guiri, no nos expulses' / A. P.

Lo que entendemos por ‘uberización’, que algunos llaman turistificación, incluida la Fundéu, en el sentido de saturación turística indeseada, yo prefiero denominarlo gentrificación, término que se adapta mucho mejor al origen de lo que está pasando, tal como decía en mi entrega anterior. Sobre todo, porque tiene que ver hoy muy directamente con la contratación de servicios basados en la comunicación global mediante apps, basadas en la ubicuidad de los smartphones para contratar a distancia todo tipo de servicios.

Este fenómeno multisectorial está relacionado con la nueva automatización del turismo. La economía digital está cambiando las formas de turismo urbano, de costa y, sobre todo, de los lugares cuya demanda está más concentrada y disputada. Como consecuencia de ello, emergen transformaciones especulativas del urbanismo en las ciudades, escenario principal de estos cambios, aunque no el único.

La ‘uberización’ de Airbnb parte de la economía colaborativa

El motor inicial de la rápida ‘uberización’ del hospedaje turístico fue el alojamiento online. Y el Uber de dicho tipo de contratación de alojamiento turístico es Airbnb. Es importante, para comprender el fenómeno, conocer el contexto del inicio de esta empresa, ya que en él están las claves de la actual automatización del turismo. Startup cofundada en San Francisco en 2008 por Brian Chesky (CEO), Joe Gebbia (CTO) y Nathan Blecharczyk, el primer director de tecnología de la compañía, quien programó el software inicial y quien consiguió entrar en la incubadora Y Combinator de Paul Graham.

Sus inicios se plantean en torno a la economía colaborativa que, teóricamente, se basa en prestar, alquilar o compartir propiedades o servicios, en función de necesidades específicas y no tanto por beneficios económicos. En este caso, la idea inicial era promover que propietarios de viviendas compartiesen o intercambiasen su propiedad con otros, acción en la que el dinero no fuera el único valor de cambio para las transacciones. Esta visión les dio una imagen casi de servicio ‘pseudoaltruista’ muy guay

Esta visión consiguió que la gente en la red, donde los usuarios son mucho más ingenuos que en su vida del mundo físico, asociara Airbnb con esta idea ‘pseudoaltruista’ del consumo colaborativo cercana a la ‘ideología’ neoecologista y de la economía del intercambio peer to peer. Esto contrasta con la evolución de la trayectoria reciente de los fundadores. En junio de 2016, los tres fundadores se unieron a The Giving Pledge, exclusivo grupo de multimillonarios liderado por Warren Buffett y Bill Gates, que se comprometían (teóricamente) a donar la mayoría de sus fortunas. A principios de 2017, Blecharczyk fue incluido en la lista Forbes como la 474ª persona más rica del mundo, con una riqueza estimada en 3.800 millones dólares. El empuje de trabajar en 65.000 ciudades y 191 países, con 138 millones de usuarios en 4,5 millones de hogares, elevó el valor de Airbnb hasta los 3.800 millones de dólares en 2017.

Contradicción ‘reputacional’ entre consumo colaborativo y gentrificación 

El consumo colaborativo, que se asocia a las redes peer to peer (entre particulares) y a un cierto altruismo, hace que mucha gente aún lo relacione con Airbnb. Una asociación que siguen alimentando los fundadores en sus intervenciones públicas en las que promueven deliberadamente una imagen romántica y casi neohippie. No hay más que ver y escuchar su ‘historia de la colchoneta’ a Joe Gebbia, en su conferencia TED de 2016. Ese sofisticado y sutil paraguas reputacional, esencial en el mundo global de la red, contrasta enormemente con las grandes fortunas conseguidas por sus fundadores y el tamaño conseguido por la empresa, gracias a que Airbnb se ha convertido a gran escala en un instrumento digital decisivo para reservar hospedaje online en las ciudades.

Esa dinámica es la que, finalmente, está generando graves conflictos de gentrificación en muchas ciudades y una competencia desleal para las empresas hoteleras y el alquiler legal que paga impuestos. Fenómenos a los que las autoridades locales, nacionales y europeas, por ahora, parecen incapaces de atajar, aunque lo intentan.

La gentrificación expulsa de las ciudades a sus habitantes naturales

El paraguas reputacional de Airbnb al que parecen creer a pies juntillas -cínicos aparte- los casi 150 millones de usuarios de la empresa, aún está basado en el supuesto ‘intercambio’ de hospedajes. Pero, en gran parte, ya no es tal porque se ha convertido en un éxito económico originado por una demanda gigantesca que ha reorientado el foco de los inversores especuladores del mundo financiero a focalizar de nuevo sobre el sector inmobiliario de alquiler. Lo que está provocando que, sin ningún miramiento social, con ayuda de los bajos precios de la crisis reciente y la actual ley de alquileres inmobiliarios, en el caso de España, una presión insostenible de gentrificación en las ciudades europeas más importantes.

Barcelona es un buen ejemplo: según la Agencia EFE, Airbnb ofrecía en marzo de este año ya casi 20.000 propiedades en alquiler, aunque desde entonces se ha multiplicado la cifra de cara al verano. En parte como consecuencia de ello, se están produciendo expulsiones forzosas a gran escala.

Una centrifugación de los habitantes de economía modesta de barrios concretos de las ciudades hacia los lugares de la periferia y de fuera de la ciudad, para reconvertir barriadas enteras en lugares de hospedaje turístico masivo e intensivo de alquileres por días a alto precio. Este no es un fenómeno casual, sino fuertemente inducido por la inversión especulativa global, cuyas bases principalmente están ubicadas en Europa en lugares como la City de Londres y sus tentáculos offshore.

Está transformando súbitamente, tanto el equilibrio social, como el urbanismo social tradicional de las ciudades (ver ‘El desplazamiento’ en el Atlas de la Turistificación. Debido a la enorme demanda global, por ejemplo, en el barrio barcelonés de Poble Nou al norte de Barcelona, fondos de inversión globales, han comprado recientemente grupos de manzanas enteras para dedicarlas a prácticas de alquiler por días. Estas acciones de desahucio encubierto aprovechan resquicios que permite la nueva ley de arrendamientos española; al finalizar los contratos se les multiplican entre cinco y 15 veces el precio del alquiler y eso obliga a los inquilinos a marcharse lejos de su barrio de siempre hasta decenas de kilómetros a zonas en donde no hay esta demanda, porque no está asociada a destinos populares en la red.

En España, se focaliza sobre todo en zonas del Mediterráneo, aunque también ocurre, por ejemplo, en Madrid, en donde según el Atlas de la Turistificación, el 20% de propietarios acumula el 50% de la oferta de pisos turísticos de la ciudad. Debido a la enorme demanda global, toda la isla de Mallorca se está convirtiendo en un caso paradigmático de gentrificación. Grandes inversores inmobiliarios especulativos han invertido discretamente ingentes cantidades en patrimonio inmobiliario, que sacaban al mercado global simulando ser particulares en Airbnb, hasta el punto que, por ejemplo, una sola persona, cuya identidad se sospecha falsa y responde simplemente al nombre de pila de una particular, Ángela, dispone de un catálogo de oferta en Airbnb de 750 inmuebles situados por toda la geografía de la isla.

Las plataformas digitales comercializadoras supuestamente peer to peer para este tipo de inmuebles, mueven tanto dinero que se permiten seguir saltándose la legalidad, porque son capaces de pagar cuantiosas multas como la de 300.000 euros que les impusieron en Baleares. Como demuestran los datos de Inside Airbnb, solo en Mallorca el 87,5% de los alojamientos ofertados por Airbnb corresponden a apartamentos vacíos, así que nada de intercambio de uso vivienda. Otro tanto ocurre en Madrid (64%), Barcelona (46%) o Málaga (76%).

En Valencia, la web de Airbnb afirma haber realizado “más de ¡240.000 evaluaciones¡ de alojamientos Airbnb en la ciudad”, y su oferta está provocando movilizaciones sociales en la ciudad, donde han organizado el “Entierro de Ciutat Vella y un mural en el Cabanyal”, dos de los barrios valencianos más directamente afectados, como denuncia de gentrificación y presión turística en el municipio. También han surgido movimientos de protesta en ciudades como Barcelona, Palma de Mallorca, Málaga, Sevilla; así como el Berlín, Londres y en otras muchas ciudades europeas.

El mapa de Barcelona en Inside Airbnb, que muestra los alojamientos disponibles y ocupados en Airbnb.

La web de datos e Inside Airbnb, que denuncia este tipo de prácticas, muestra mapas con visualización de datos impresionantes. Por ejemplo, el de Barcelona presenta una inmensa red de puntos con los inmuebles en oferta en Airbnb. La imagen demuestra que buena parte de la ciudad se ha convertido en un inmenso asiento del ‘alegal’ hospedaje por días.

Como revelan los datos, la economía colaborativa, en la que aún basa Airbnb su reputación, se ha convertido en gran parte en un ‘disfraz’. Y además le están saliendo muchos imitadores que perpetúan esa falsa economía colaborativa.

El ‘maná’ del turismo puede convertirse en ‘granizo’ para una industria más que estratégica en España. Dada la magnitud de su dimensión global, ninguna autoridad local puede enfrentarse a él por sí sola. Ya sabemos qué pasó con la burbuja inmobiliaria y la crisis de las subprime combinadas, hace una década. Sería imperdonable que España y Europa no hayan aprendido la lección.

La innovación de modelos de negocio no se debe basar en las trampas ni en la elusión de impuestos ni en la simulación de un peer to peer que no lo es. La innovación debe basarse en que las empresas compitan con el mejor nuevo conocimiento, verdadera y limpiamente y con iguales reglas para todas las empresas. No todo vale en la innovación.