A fondo    

Así se reinventan Oxford y Cambridge en el vórtice de la inteligencia artificial

Las universidades británicas más prestigiosas se suman al fervor por esta tecnología desde una perspectiva filosófica, humanista y social. Microsoft, Amazon o Samsung ya han creado allí centros de investigación. INNOVADORES inicia una serie para analizar su reinvención

07 SEP. 2018 - Cambridge / Oxford
18 minutos
El Great Court del Trinity College, en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra. / Adolfo Plasencia

Al salir de la estación de tren de Cambridge, camino a la universidad, una plaza cuadrada con moderna arquitectura respira una amable quietud, que pronto se descubre como aparente. A la izquierda luce el rótulo de Microsoft Research. Enfrente, la sede del Amazon Cambridge Development Center, en el que científicos y tecnólogos de Amazon desarrollan los drones de Amazon Prime Air con los que Jeff Bezos quiere conseguir entregas en media hora, con cero contaminación. Hacia el Jardín Botánico, Samsung construye un futurista edificio donde ubicará a 160 científicos e ingenieros de alto nivel. Será su nuevo laboratorio de inteligencia artificial en Europa. El gigante ARM Holdings, empresa multinacional de semiconductores y diseño de software, con laboratorios en China, India, Japón, Corea o Taiwán, ha decidido implantar su cuartel general mundial en la calle Fulbourn de Cambridge, a unas manzanas de aquí. 

Se habla del hub Cambridge-Londres de inteligencia artificial porque, a solo tres cuartos de hora de tren de esta plaza, en Londres, está la sede central de DeepMind, uno los líderes mundiales de esta tecnología.

En la jerga de los iniciados, al binomio de la Universidad de Cambridge y la de Oxford se le llama "Oxbridge", una denominación única para el sumatorio de estas complejas instituciones con ocho siglos de existencia. Desde entonces, están ligadas por una rivalidad mutua que combina una intensa competencia con una estrecha colaboración. 

En la creación de alto conocimiento y de innovación, forman un tándem casi perfecto. El Times Higher Education World Reputation Rankings refleja que, tanto Cambridge como Oxford, pertenecen al grupo de élite de las primeras seis universidades del mundo, junto a Harvard, el MIT, Stanford y la UC Berkeley. Oxford ha estado tradicionalmente asociada a la industria de la locomoción, mientras que el área que rodea a Cambridge  es conocida como Silicon Fen, por la presencia de grandes tecnológicas, incluidas numerosas empresas de tecnología médica. 

La nueva ‘fiebre colectiva’ por la inteligencia artificial (IA) está impulsada por la radical multidisciplinariedad de la actual vanguardia del conocimiento y de la Segunda Digitalización, que exige integrar las humanidades y ciencias clásicas, en las que Oxford, desde hace siglos, es potencia mundial. Cambridge, por su parte, se ha adelantado en el ámbito de las aplicaciones. 

Los grandes de la nueva industria tecnológica lo saben y han ubicado sus laboratorios más avanzados en este nuevo hub triangular que forman Cambridge, Oxford y Londres, convirtiéndolo en el vórtice principal mundial de la vanguardia de la IA. 

Está vorágine de la inteligencia artificial tiene nombre y apellidos. En esta particular ‘liga de campeones’ suenan nombres como Demis Hassabis, líder de la empresa DeepMind, hoy parte de Google y fundada en Cambridge; Yann LeCun, jefe de AI Research en Facebook; el famoso filósofo Nick Bostrom, que lidera el Instituto para Futuro de la Humanidad (FHI) en Oxford; o el también filósofo Huw Price, director académico del Centro Leverhulme para el Futuro de la Inteligencia (LCFI), que fundó con Stephen Cave, filósofo y metafísico, en Cambridge con una ayuda de 12 millones de dólares de la Fundación Leverhulme.  

Otras grandes mentes de este campo son el ingeniero Lloyd Treinish, al frente de la Iniciativa IBM Deep Thunder; Fei Fei Li, directora del Stanford AI Lab (SAIL); y el español Antonio Torralba, líder de la Iniciativa MIT-IBM Watson AI Lab y de la gran apuesta para la IA del MIT, llamada Quest for Intelligence, las dos, puestas en marcha hace solo unos meses. 

La vertiginosa evolución de la inteligencia artificial actúa hoy como un vórtice, un torbellino, que visto en 360º, como desde un gigantesco panóptico, muestra una complejidad con tantos matices  que es casi imposible describirlos todos. La IA, según Fei Feil Li, "está a punto de hacer los mayores cambios en la historia de la humanidad". Va a transformar todo tipo de actividades económicas, de educación, políticas y mercados, a escala global y local, y por tanto, la mayoría de profesiones.  

La respuesta de Cambridge y Oxford ha sido fundar conjuntamente, o por separado, nuevos centros que combinan las humanidades con la tecnología de nuevo cuño, centrados en los retos que la inteligencia artificial plantea. 

Algunos atentos gobiernos occidentales ya se han puesto las pilas. Obama ya se adelantó, con un gran plan de IA en 2016. El presidente Macron lanzó el pasado marzo su propio plan estratégico de IA para Francia, con una inversión de 1.500 millones de euros. Y este mismo año, en abril, el gobierno británico creó un plan de 1.000 millones de libras (un tercio, privadas) para "poner a la nación a la vanguardia de la industria de la inteligencia artificial". España no sabe ni contesta sobre este tema.

El hub de Cambridge

Al análisis y la prospectiva sobre los efectos a gran escala de la IA en la vida de las personas, se dedica dentro, de la Universidad de Cambridge, el Leverhulme Centre for the Future of Intelligence (LCFI). Allí investiga el español José Hernández-Orallo, autor del libro La medida de todas las mentes. Evaluación de la Inteligencia Natural y Artificial. El centro aborda cinco áreas de la inteligencia artificial, desde su responsabilidad hasta la confianza con la  sociedad o la justicia. Entre sus actividades, utiliza herramientas de la filosofía para resolver los retos éticos de la IA, el big data, los algoritmos o los agentes ‘no humanos’.

Cambridge también presume de desarrollo tecnológico y empresarial. La compañía Benevolent AI, con sede en el sur de la Universidad, fundada por Ken Mulvany, está desarrollando una plataforma de inteligencia artificial avanzada que ayuda a los científicos a hacer nuevos descubrimientos y redefine cómo el acceso y el uso de los ingentes datos disponibles para impulsar la innovación. Su tecnología se basa en un sistema de juicio profundo (deep judgement) que aprende y razona a partir de la interacción entre el juicio humano y los datos. La empresa, valorada hoy en 1.850 millones de dólares, ya es un unicornio (startup con más de mil millones de valoración), e intenta curar el Alzheimer y la esclerosis lateral amiotrófica con inteligencia artificial. Según la Asociación de la Industria Farmacéutica Británica, desarrollar un solo medicamento cuesta 1.120 millones de libras esterlinas y hasta 12 años. Su aceleración se perfila como un inmenso mercado. De ahí las expectativas  generadas sobre la empresa. 

Hoy Oxford cuenta con una comunidad universitaria moderna, dinámica y extremadamente emprendedora y competitiva. El último año,  lanzó el Oxford Foundry, en coincidencia con la explosión de expectativas emprendedoras de la IA, que surgen de sus departamentos de ingeniería o de sus centros de humanidades.

El nuevo Oxford 

La tremenda y omnipresente influencia de Nick Bostrom, fundador y director del Instituto para Futuro de la Humanidad (FHI), de Oxford es patente. Su sesgo ‘transhumanista’ impulsa estudiar la IA en relación al "posible riesgo que existe para toda la humanidad". Introdujo el concepto de "riesgo existencial" de la IA para el hombre en 2002. Luego, lo reforzó en su bestseller Superinteligencia: Caminos, Peligros, Estrategias, consiguiendo que se convirtiera en mainstream de la nueva inteligencia artificial, involucrando a grandes de la ciencia (Hawking) y la tecnología (Bill Gates o Elon Musk), que están financiando investigación en centros como el FHI que dirige Bostrom en Oxford. 

Clase de Tim Cook La Universidad de Oxford ha lanzado, hace unos meses, el fondo de Inversión Oxford Foundry,  ligado a su prestigiosa Escuela de Negocios, la Säid Business School. Su capacidad de convocatoria es tal que la clase magistral de lanzamiento fue impartida por el mismísimo CEO de Apple, Tim Cook, con quien el alumnado pudo hablar en persona.

Grandes pensadores, humanistas y tecnólogos estudian esa línea algo «extrópica» de la inteligencia artificial, que busca conseguir una mejora continua de la condición humana y cuya utópica meta final es la modificación de la mente y el cuerpo humano (sin olvidar los riesgos). En síntesis, en el FHI de Oxford, cultivan un tipo de filosofía ligada a la IA que, genéricamente, se podría denominar «filosofía de la predicción tecnológica». Las tecnologías predictivas están en el centro de los algoritmos de machine learning y del deep learning, los dos pilares de la IA predictiva actual. El FHI colabora con el Centro para el Altruismo Efectivo (en una línea apoyada por personalidades como Peter Thiel, cofundador de PayPal, o Jaan Tallinn, cofundador de Skype). Hay tanto en juego y tanto dinero mundial súbitamente redireccionado hacia la vanguardia de la IA, que más de un humanista o filósofo de la inteligencia artificial está recibiendo ofertas de empresas de Asia o Silicon Valley, con sueldos de casi un millón de dólares al año, como si fueran futbolistas de élite. Las universidades más prestigiosas empiezan a no poder competir económicamente por sus investigadores más cualificados y se ven en el peligro de perder sus mejores mentes y, con ello, poder enfrentar los nuevos retos que plantea la tecnología. Conseguir lo mejor para la próxima generación en el actual estresado campo de la inteligencia artificial se ha vuelto prohibitivo. 

Españoles en Oxford La Oxford Artificial Intelligence Society (OXAI), Sociedad de Inteligencia Artificial de Oxford, ha sido fundada por un grupo de alumnos para colaborar en iniciativas emprendedoras. Daniel Lozano, presidente de OXAI, cuenta a INNOVADORES: “Somos una plataforma que pretende introducir al alumnado en la inteligencia artificial. Queremos generar un impacto positivo y convertir este impacto en realidad a través de la educación, la innovación, la generación de comunidad y el desarrollo profesional". Guillermo Valle, un gaditano ‘incrustado’ en Oxford, es el CTO, y auténtico ‘hacker’, de la OXAI. Allí estudió Física matemática y teórica, y ahora cursa un doctorado sobre teoría del aprendizaje automático (ML), inspirándose en la evolución y la física estadística. “La inteligencia, artificial o natural, se suele definir como la habilidad de resolver un amplio espectro de problemas. Una IA es útil sobre todo en problemas que presentan muchísima variabilidad 'a priori'. En ML a menudo sabes poco sobre cómo será la solución final y, por tanto, necesitas métodos flexibles, pero la flexibilidad requiere enorme cantidad de datos. Por eso, crear 'data sets' es actualmente el cuello de botella en casi todas las industrias", explica. “Creo que la medicina es y seguirá siendo una de las áreas más prometedoras de aplicación de la IA. La realidad virtual y aumentada van a beneficiarse mucho de la simbiosis con la IA", adelanta. "Muchos hilos van a tejer la unión entre tecnologías de la computación y humanidades, en forma heterogénea y positiva, sobre todo, gracias a las humanidades”, dice. Además, cree que la filosofía puede ser muy útil: “Creo que la IA es un buen campo para que tanto ‘hackers’ como filósofos, puedan liderar una fructífera convivencia".