A fondo    descartes

Contra la falsa dualidad “en línea/desconectado”

La incapacidad para establecer una relación racional, consciente y sana con la tecnología y lo digital conduce a extremos, a la necesidad imperiosa de desconectar ante la saturación, el ruido y el colapso. ¿No hay escapatoria?

05 OCT. 2018
15 minutos

Desconectar para volver a conectar. Es el nuevo mantra, que vuelve con cada etapa vacacional y posvacacional. Una necesidad creciente en general, y en particular en el mundo de la innovación, la tecnología y el emprendimiento. Y, cómo no, también en esto Silicon Valley quiere marcar tendencia. El cofundador de Twitter Jack Dorsey compartía a comienzos de año en la red social su gratitud por haber podido dedicar 10 días a un programa de meditación llamado Vipassana, en absoluto silencio y sin ninguna distracción ni actividad (salvo comer, meditar y dormir).

Dorsey es el máximo exponente de una necesidad latente: alejarse de la tecnología que se asocia a trabajo, a estrés, a ruido. Una reacción a la saturación y el colapso que puede provocar la hiperconectividad incluso para aquellos que la alientan y viven de ella. Una necesidad que no es nueva para el común de los mortales, pero que parece viralizarse a todas las esferas. Volvemos, una vez más, a caer en la piedra de la dualidad autoimpuesta del blanco o el negro, del bien o el mal, del todo o nada. O estamos conectados, o estamos desconectados. ¿No hay escapatoria?

Hay que desarrollar un nivel más elevado de conciencia en el mundo tecnológico

Hace poco me comentaba el director de una importante filial tecnológica: “Hay que desarrollar un nivel más elevado de conciencia en el mundo tecnológico. Cada vez más gente siente la necesidad de desconectar para saber dónde poner la atención y qué cosas son importantes”. Se refería no solo a aquello que tiene relevancia para el ‘yo’ individual, sino a nivel colectivo, a cómo las decisiones que se toman en las grandes compañías de software pueden impactar a todo el mundo en todas las esferas, en el hoy y en el mañana. “La capacidad de definirlo está todavía en nuestras manos”, reflexionaba este directivo.

La consideración es interesante y posiblemente sea cierto que no venga mal a unos cuantos altos ejecutivos, hombres (y mujeres) y tecnólogos/as salir de su burbuja. La cuestión es, ¿es un programa de desconexión temporal la vía adecuada? ¿No es esta sino otra burbuja en la que meterse para sentir una especie de paz interior sin salir -o saliendo controladamente- de la zona de confort? ¿Un autoengaño? Y, por otra parte, ¿hay realmente que ser tan drásticos? Si hablamos de la necesidad de ‘desintoxitación digital’, ¿es que lo digital es tóxico?

Adicción móvil

No, la tecnología no es tóxica per se. Pero sí, puede ser tóxica. Puede serlo si el uso que hacemos de ella es indebido y llegamos al punto de tener que apartarla de nuestro camino. Al menos, temporalmente. Un ejemplo claro: la adicción al móvil. Más de 7,6 millones de españoles se consideran adictos al smartphone, según un análisis publicado recientemente por Rastreator en base a encuestas a una muestra representativa de la población española de 2.000 personas.

Los peor parados en el estudio son los jóvenes de 18 a 24 años, que usan el móvil un 63% más de tiempo que la media. El 45% ya se consideran adictos. En el caso de niños y adolescentes, los españoles encabezan el ranking europeo: un 21,3% son adictos a la red, según datos de un estudio de 2015 del Programa Desconecta. Este mismo informe señala que al menos un 77% de los españoles padece de nomofobia: miedo irracional a la desconexión, a separarse del smartphone.

Detrás de este programa está el psicólogo Marc Masip, que presenta en 2018 su libro Desconecta (Planeta, Libro Cúpula). En él comparte informes y casos reales de sus pacientes para que cada cual pueda analizar cómo está usando las tecnologías y cómo mejorar su relación con ellas. Su propuesta de ‘dieta digital’ se basa en consejos básicos como no utilizar el smartphone más de dos horas al día o una hora antes de ir a dormir. En el caso de los niños, resalta que es contraproducente usarlo como moneda de cambio.

Prohibiciones y derechos

Medidas más drásticas se han adoptado en países como Francia, primer país del mundo en prohibir el móvil en las escuelas. En España, el Gobierno estudia una medida similar. Los profesores piden que, más que prohibir su uso, se regule, ya que es una herramienta que también puede ser útil. El problema, de nuevo, es esa dualidad de la que parecemos no poder escapar: o todo o nada. Un recurso a medidas extremas por no saber racionalizar el uso de la tecnología.

Más de lo mismo sucede en el entorno laboral. Francia fue también pionera, el pasado 2017, en reconocer el derecho a desconectar del trabajo como parte de su código laboral. En España, la iniciativa vino de la mano privada: Axa, mediante un convenio con CCOO, reconoció ya hace un año el derecho de los trabajadores a no responder emails ni mensajes profesionales fuera de su horario de trabajo, salvo causa de fuerza mayor o circunstancias excepcionales.

El problema aquí es doble. Por una parte, de las organizaciones por no establecer límites claros sobre las obligaciones de conectividad y disponibilidad online de los trabajadores. Por otra, de los trabajadores que, bien por responsabilidad, por presión o por autoexigencia, son incapaces de desconectar. Algo que, además, afecta al resto de sus compañeros y a la cultura corporativa, rompiendo la unidad y forzando al resto a estar conectados para no quedarse atrás o parecer menos implicados.

Computación positiva

De vuelta a la casilla de salida, ¿es la desconexión total la mejor manera de recuperar el balance en nuestra relación con la tecnología? No, de acuerdo con Pamela Pavliscak, fundadora de Change Sciences, una consultoría de investigación en diseño aplicado a la conexión emocional con la tecnología. “Incluso cuando dejamos nuestros dispositivos, su sombra permanece (...) la desintoxicación digital no cambiará eso”, señala en una columna en Quartz.

Incluso cuando dejamos nuestros dispositivos, su sombra permanece

La experta en diseño explica que los sitios web, aplicaciones y dispositivos son tan adictivos porque están diseñados para serlo: siguen una serie de ‘patrones oscuros’ que se aprovechan de nuestros sesgos cognitivos para que pasemos más tiempo interactuando con la pantalla. Para intentar obviarlos y controlarlos la estrategia es desarrollar una relación más consciente con la tecnología. Propone aplicar lo que se conoce como ‘computación positiva’, que busca construir un entorno digital que nos pueda hacer más felices y más saludables, no solo más productivos.

La idea detrás de la computación positiva es aprender qué aspectos de la tecnología desincentivan las conductas adictivas y cuáles promueven hábitos sanos. Para ello -dice Pavliscak- es necesario un cambio de diseño de los entornos digitales que otorgue más poder al usuario para interactuar en ellos con una intencionalidad y un significado: usarlos de forma consciente.

Pavliscak da cuatro claves concretas. La primera, priorizar la comunicación directa. La calidad gratifica más que la cantidad, y las formas predeterminadas de respuesta -por ejemplo, los emojis- disminuyen el nivel de conexión con el otro. La experta defiende diseños con una amplia variedad que no permitan adaptarnos tan rápido y poner el piloto automático.

La segunda clave es crear más y consumir menos. Pasar menos tiempo visitando los muros de nuestros contactos o en lecturas pasivas y dedicarnos a crear nuestros propios contenidos, de forma que se genera un mayor sentido del equilibrio con la tecnología: estás dando y recibiendo. Pero ojo, no todo el tiempo. La tercera recomendación de Pavliscak es factorizar espacios en blanco. El mundo online es infinito y no invita a parar, sino a la actualización constante. Por eso hay que marcarse unos tiempos de uso. Desde la perspectiva del diseño, cree que resúmenes como los “Mientras no estabas” de Twitter o guías indicativas de tiempo de lectura de cada artículo ayudan a la gestión del tiempo.

Por último, la diseñadora aboga por minimizar los números, que son el principal punto adictivo y alentador de una relación insalubre con las redes sociales o con dispositivos de medición como Fitbit. El motivo: nos programan para revisarlos continuamente sin sentirnos nunca satisfechos. Para contrarrestar este alcance, la experta sugiere sustituir actividades online con aquellas que se pueden hacer offline, como leer el periódico o una revista. Desde el punto de vista del diseño, aboga por aplicaciones que no cuantifican las notificaciones.

El antídoto para el compromiso constante con las pantallas -concluye Pavliscak- no es necesariamente pasar menos tiempo delante de ellas, sino aprender a usarlas para nuestra felicidad. Ser conscientes y recuperar el control, conectando verdaderamente con la tecnología y no desconectando de ella. Alcanzar una madurez digital que nos aleje de la dualidad.

El negocio de la desconexión Hoteles, casas rurales, programas ‘detox’... La necesidad de desconexión hecha negocio. Un mercado que va desde el ocio y la oferta de bienestar hasta el ámbito más espiritual o el tratamiento médico, pasando por iniciativas con –aparentes- buenas intenciones que promueven el uso racional de la tecnología y otras más extremas, que tratan de hacer de la necesidad de desconectar una religión. En ese espectro se mueven en Silicon Valley, con propuestas como Time Well Spent, del exempleado de Google Tristan Harris, Digital Detox, o el Día Nacional de la Desconexión.
Vacaciones forzosas Una empresa con unos valores claros y una cultura corporativa alineada tiene más posibilidades de éxito. Bajo esa premisa, Bandwith ha fijado un periodo de vacaciones obligatorias para sus empleados. Creen que una desconexión forzosa ayuda a centrarse de vuelta al trabajo. Sus resultados en bolsa no dicen lo contrario.