A fondo    DESCARTES

Dejar de ver demonios

El presente parece haber llegado a un punto de inflexión. La idea de irreversibilidad tiñe de negro el futuro. Aparece el ataque a la tecnología como síntoma de un mal mayor que requiere ser tratado con un cambio de narrativa

02 MAY. 2018
13 minutos
Imagen ganadora del premio World Press Photo 2018 en la categoría 'People' de Magnus Wennman. / Magnus Wennman / WPP

Un tiempo que solo resta, que no va a ninguna parte porque ha renunciado a apuntar a un futuro mejor. Un mundo smart para unos habitantes irremediablemente idiotas; en el que sobrevivimos unos contra otros; en el que aceptamos como dogma la irreversibilidad de la catástrofe, al límite de lo vivible. Es la época de la condición póstuma que la filósofa y profesora Marina Garcés describe en su (imprescindible) libro Nueva ilustración radical (Anagrama), publicado hace escasos meses.

Lo sabemos todo, pero no podemos con nada

Es, según Garcés, el “tiempo del todo se acaba”: los recursos, el agua, el aire limpio, el petróleo, los ecosistemas y su diversidad, y el propio tiempo.  “Lo sabemos todo, pero no podemos con nada. Con todos los conocimientos de la humanidad a nuestra disposición, solo podemos acelerar o frenar nuestra caída en el abismo”, escribe Garcés en el prólogo del libro. Es lo que denomina como “analfabetismo ilustrado”, aquel incapaz de pensarse desde otra perspectiva que no sea la del fin de los tiempos . “La fascinación por el apocalipsis domina la escena política, estética y científica”, asegura.

La puntualización “domina” es importante, porque las generalizaciones nunca son justas. En contraposición con esta visión está la del hiperoptimismo tecnológico, que vislumbra un futuro de superhumanos liberados gracias a los avances científicos y técnicos (como veíamos en el anterior DESCARTES, De Homo Sapiens a Homo Deus). Entre medias, un distanciamiento de esa civilización basada en el desarrollo, el progreso y la expansión que Garcés defiende.

La cuestión no es si podemos recuperar esa forma de ser, de estar y de concebirnos en el mundo. Claro que podemos. La pregunta es cómo hacerlo. Cómo rescatarnos a nosotros mismos. Por que sí, hay riesgos y amenazas a nuestra supervivencia existencial y narrativa. Aquellos que nosotros mismos creamos y alimentamos. Pero, pese a lo que nos empeñemos en contarnos, la hecatombe no es inminente ni irreversible. Como dice en Entrepreneur Luis Hernández, fundador de Uptodown, “hay margen para poner en marcha soluciones, no estamos ante un escenario catastrófico e inevitable”.

Responsabilidad

Dentro de ese margen se encuentra, según Hernández, un primer nivel de responsabilidad enteramente nuestro, fruto de nuestras decisiones. Circunscribe sus palabras al ámbito de la industria móvil y al deber de consumo responsable a la hora de elegir qué sistemas y apps usar. Como ejemplo, propone optar por el navegador Firefox -de Mozilla, organización que defiende internet como recurso público abierto- en lugar de Chrome, propiedad de Google. “Siempre tenemos la opción de no alimentar al monstruo”, dice.

Construyamos vías alternativas, si no las hay, si transitar por los caminos marcados nos limita

Extrapolándolo fuera del ámbito móvil, podríamos hablar también de dejar de alimentar al monstruo de la contaminación, al de la guerra, al de la desigualdad, al de la deshumanización, al del infantilismo consumista, al del statu quo. ¿Cómo? Desde luego no por la vía de la queja autocomplaciente e inmovilista. ¿Qué sentido tiene lamentarnos de dirigirnos hacia el abismo en un coche que conducimos nosotros mismos?. ¡Detengámoslo! O desviémonos. O construyamos vías alternativas, si no las hay, si transitar por los caminos marcados nos limita.

Como dice Garcés, la economía política ha desplazado el sentido de la emancipación, antes ligada a hacernos más sabios, ahora a hacernos más ricos. Se nos ha dicho que prosperidad y progreso es igual a riqueza. Eso nos ha llevado a un callejón sin salida. Y, de paso, a buscar demonios que nos descarguen de toda responsabilidad. Cabezas de turco a las que culpar. Un rol que, en la era del analfabetismo ilustrado, le ha tocado a la tecnología, como producto de una suerte de silogismos tramposos. Por ejemplo: si los llamados “malos” (véase Facebook o el Gran Hermano de China) han hecho realidad la distopía de 1984 gracias a la tecnología, entonces la tecnología es mala.

¿No resulta esto demasiado simplista? Claro, son los prácticos atajos epistémicos que favorecen las cabezas parlantes, y también -con excepciones- los medios. El resultado no ya de intentar hacer digerible la complejidad del mundo y facilitar así la crítica, sino de un intento por conducirnos hacia una credulidad dependiente. De ella se deriva la actual reacción contra la tecnología, la culpa y el rechazo por asociación de la que habla en Exponential View Azeem Azhar, analista y miembro del Consejo Editorial de Harvard Business Review.

Cambiar el rumbo

Mientras unos se empeñan en intentar conducirnos por el relato dominante, único y lineal del tiempo que resta o el “no tiempo” al que alude Garcés, otros trabajan por cambiarlo desde los hechos. Mientras hablamos de cómo China pone en marcha un sistema de crédito social que castiga a los ciudadanos por conducir mal, por fumar en zonas indebidas por comprar demasiados videojuegos o por publicar noticias falsas, emprendedores como Juan Cartagena trabajan en todo lo contrario: usar sistemas de este tipo para favorecer el acceso a servicios y productos financieros, y más allá.

Hace unos años, Cartagena creó Traity, un sistema de reputación online para personas basado en su huella digital. Su propósito: proporcionar una alternativa a la deuda como único dato reputacional que cuenta en el puntaje de crédito necesario, por ejemplo, para acceder a una hipoteca, o a un alquiler. Con esta idea en mente, el emprendedor creó otro producto: Trustbond, que calcula el riesgo de un inquilino de no pagar la fianza, basándose en sus redes sociales (Twitter, Facebook, LinkedIn, etc.) y otros datos como el uso de otras plataformas como Airbnb, y en la concordancia entre ellas. De este modo, se facilita una especie de puntaje de crédito portable, del que es propietario cada individuo y no la plataforma o app de turno, y que le evita tener que empezar de cero si se establece en un país nuevo.

Ahora Cartagena propone ir un paso más allá. “Todo puede contar, desde tus notas de la universidad hasta tu portafolio profesional”, explica a INNOVADORES. Es lo que quiere facilitar con su nueva plataforma: Reputation Network, en estado de desarrollo. La idea es abrir su tecnología para impulsar la creación de un mercado de sistemas de puntuación de reputación (reputation scores) descentralizado mediante blockchain. Es decir liberar su infraestructura para que terceros puedan usarla para crear sus propios reputation scores. Eso sí, teniendo siempre presente al usuario. “Es fundamental que este tenga total control de sus datos y que la creación de estos sistemas se haga de forma ética y respetando los derechos humanos”, asegura. Algo que -dice- Reputation Network exigirá por contrato “para que nadie pueda, por ejemplo, crear un score racista”.

Sobre el asunto de China, Cartagena da fe esa credulidad dependiente de la que hablábamos. “A los ciudadanos chinos no les importa que haya un sistema de crédito social que les castigue por portarse mal, les han comido el coco”, asegura en referencia a conversaciones que ha mantenido con investigadores chinos en la Universidad de Oxford (Reino Unido).

Rechazar de plano esa credulidad dependiente, recuperar el rumbo de nuestro destino y la capacidad crítica de la ilustración se hacen imprescindibles para rehacer -como dice Garcés- los hilos del tiempo y del mundo. Apropiarnos del tiempo vivible, alejado de distopías pero también de falsas promesas utópicas y del dogma de la condena o la salvación. Narrar, pensar, contar y ver un futuro posible. Dejar de ver demonios.

Síndrome de resignación. No es una broma. Perder las ganas de vivir ante la desesperanza y entrar en estado de trance. Volverse inerte en vida. La consecuencia más brutal de vivir en esta época de la condición póstuma, del no futuro, estalla ante nuestros ojos. Dos hermanas de Kosovo refugiadas en Roma que ahora se encuentran en Suecia, retratadas por una cámara en su aparente estado de coma. Afectadas por ese síndrome, el uppgivenhetssyndrom. La cámara es de Magnus Wennman, que acaba de ganar un premio del World Press Photo (WPP) por su fotografía. Una verdad revelada, pero no irreversible.
Fábricas del apocalipsis. Las amenazas no cesan. Los medios de comunicación las vocean, incluso las fomentan, o las inventan. Todo por ganar clics. El fin que justifica los medios. Crean alarmas injustificadas, refuerzan el imaginario tecnocatastrofista y el determinismo tecnológico, la fobia inmovilista del no futuro.