Opinión    Biodiversidad digital

El ‘Auto-comprador’ personal de Instagram

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Un personal shopper sube a su Rolls en el Barrio de Ginza en Tokio / Adolfo Plasencia

Vaya por delante que comparto opiniones generalizadas en la comunidad del foro GitHub sobre que, a grandes rasgos, Instagram es la red social ideal para las ‘cabezas más huecas’. Y que es también un terreno digital sembrado para aquellas personas que, a pesar de no ser estúpidas por naturaleza, desean momentáneamente, o por un tiempo, ejercerla absurdamente, o hacer méritos para lograr diversos grados de probada estupidización digital en el comportamiento online.

El término estupidez, según la RAE, es una acepción explicada en muy pocas palabras: ‘Torpeza notable en comprender las cosas’; y, estúpido/da se describe en aún menos: ‘necio/a, falto/a de inteligencia’. Es un tema de tan creciente impacto social que los diccionarios deberían ya ampliar sus acepciones. Incluso hay una película de 2009, titulada La era de la estupidez, que trata sobre el calentamiento global antropogénico a través de un drama cuyo protagonista es un anciano que habita el mundo arruinado de 2055, que ha quedado destruido por la obstinada y reiterada estupidez masiva en la conducta sobre el medio ambiente del conjunto de la especie humana. ¿Les suena?

El historiador de la economía Carlo María Cipolla publicó un tratado sobre Las Leyes Básicas de la Estupidez Humana en el que describe al conjunto de personas estúpidas en el mundo como un grupo mucho más poderoso que grandes organizaciones delictivas, como la mafia, el complejo industrial multinacional o el de la industria de fabricación de armamento. Grupo que, según él, sin normas, líderes o manifiestos, logra funcionar con una extraordinaria coordinación y produce enormes efectos. Creo que ya es hora de que Carlo María publique un segundo ensayo dedicado a las nuevas especies de estupidez. Especialmente sobre la ‘estupidización digital’, individual y colectiva, que expanden imparable los medios sociales de internet de la segunda digitalización.

Como diría Javier Echeverría, también hay innovaciones en las nuevas formas digitales de la estupidez, más allá de su cualidad moral. Lo demuestra el que hay ámbitos ahora en los que la ‘apariencia estúpida’ no se considera algo negativo. Por ejemplo, en las lujosas publicaciones couché del mundo de la moda o de ciertos medios digitales, dedicados a novedades y ‘tendencias’ (que son inducidas artificialmente). Dicha apariencia en ellos no es algo negativo, sino, al contrario, se exhibe como un mérito. La conducta que concuerda con esa apariencia se incentiva y premia con más visibilidad, asociada a algo de última moda. Y, como consecuencia, también es recompensada con su difusión viral instantánea hacia las mainstream por abducidos digitales que habitan las redes sociales.

La maquinaria digital masiva de esas redes es un universo cuantitativo y no cualitativo. Sus algoritmos basados en inteligencia artificial de aprendizaje por refuerzo funcionan como una incansable maquinaria orientada al propósito de convertir la suma de individualidades en algo masivo, no reflexivo, instantáneo, compulsivo y manipulable. Y sus interfaces están diseñadas para maximizar tiempo de uso, valores de la atención e interacción; y orientadas hacia lo emocional reforzando iterativamente lo similar a lo propio por el usuario que, en cambio, penaliza, critica, reprueba y ataca lo distinto, compulsivamente. Esta maximización está, además, reforzada por robots (bots) de software y otras herramientas para que el usuario individual vea refrendados radicalmente sus criterios y opiniones previas por las de muchos otros, que él cree de sus ‘iguales’, y que en muchos casos no son tales, sino sutiles acciones cruzadas de algoritmos de la propia plataforma.

Hay quien llama a esos algoritmos que articulan todo el proceso, algoritmos ‘hiperdirigidos’, cuya acción tiene como objetivos básicos el impedir por instantaneidad la acción de la capacidad individual reflexiva minimizando la toma individual de decisiones; motivar y maximizar el consumo masivo indiscriminado y dinamizar la maquinaria de la publicidad online, que está en el corazón del negocio de las grandes empresas globales basadas en internet. Y además, en el caso de la citada red social, presentar cualquier novedad como una innovación (son cosas completamente distintas), y como algo que está a la última moda.

Todo ello son plasmaciones digitales del capitalismo cognitivo y de acumulación, que describe en su libro Andrea Fumagalli que, aunque está centrado más en la bioeconomía, da pistas que nos orientan sobre el consumo digital compulsivo inducido y basado en lo irracional.

El ejemplo del ‘Auto-comprador’ de Instagram

El impacto social de la estupidez digital impulsada desde los medios sociales de internet es enorme, especialmente, aunque no solo, en adolescentes y millennials, a los que urge con necesidad perentoria ser aceptados por sus iguales en los escenarios del social media. En ellos ‘exhiben’ su ego aparente, generalmente mediante adulterados avatares de sí mismos y, frecuentemente, usando al tiempo varias identidades digitales distintas de sí mismos, que compiten entre sí por más ‘me gusta’ y más seguidores dentro de la misma red social.

Un activo que exhiben luego como trofeo, en una competición cuya máxima aspiración personal es llegar a ser youtuber o influencer, o simplemente ‘famoso’, en alguna corriente principal digital, en ámbitos que van desde la pandilla o los ‘compis’ y las relaciones familiares, a la fama mediática, pasando por la política. Es la versión 2.0 de aquella lapidaria frase de Andy Warhol acuñada en 1968, sobre los “15 minutos de fama” a los que, en el futuro, podría aspirar cualquiera.  

La periodista Amanda Mull de la prestigiosa The Atlantic ha hecho un experimento consigo misma, para escribir un artículo sobre cómo la plataforma Instagram llega a convertirse en el propio “Auto-personal shopper” (‘Auto-comprador personal’) de cualquiera, lo cual hace de ella, según Mull, el “mejor y el peor” lugar para comprar cosas online en internet.

Confiesa: “Renuncié (a mi capacidad de decisión) y dejé que Instagram comprara por mí”. Eso sí, Instagram compra (en tu lugar), pero pagas tú, a cambio de “no tener que realizar por ti mismo la tediosa (y ya ‘pasada de moda’) costumbre de ir a comprar (en el mundo físico)".

La periodista confiesa que en la app se es consciente de que: “Instagram probablemente sabe más de mí que mis padres, (y seguro que lo sabe también de mucha más de gente como yo), lo que me hace sentir como si la red social y su plataforma estuvieran haciendo ya algunas funciones en mi nombre…. Instagram sabe que soy soltera y relativamente joven, vivo en Brooklyn y tengo ingresos disponibles para gastar, y que quiero ‘algo genial’”. Confiesa también que Instagram “también sabe lo que es guay, porque su multitud de usuarios ‘influyentes’ ha pasado años ‘enseñándole’ lo que es eso a (los algoritmos de) la propia app de esa red social, que ellos mismos usan”.

La resignación digital

El relato es, en realidad, escalofriante por lo que hay tras lo que cuenta Mull. La multitud de informaciones personales que Instagram ‘sabe’ no se las han ‘dado’, sino que las ha recolectado de usuarios sin pedirles permiso; comercia con ella de forma opaca y sin pagar impuestos por ello, con pingües beneficios. Pero esto no parece, para la periodista, digno de ser mencionarlo. Se confiesa ‘conquistada’ por el ‘estilo’ de la plataforma y las Nike VaporMax. Lo que le dice a ella Instagram, creo que podría sintetizarse así: “Sabemos mucho mejor que tú, lo que te gusta y te ‘hace feliz’. Comprar en la tienda de tu ciudad está pasado de moda. Deja que (te suplantemos y) seamos tu personal shopper, en tu lugar. Paga tu tarjeta de crédito. Nos encargamos de todo. Incluso podemos ser felices en tu lugar si lo prefieres. Como ya sabemos todo lo que deseas, deja también eso en nuestras manos. Guay (Cool!)”

Señala la propia Mull que, ella misma, en el proceso de documentarse para escribir sobre el personal shopper de Instagram ha sucumbido a lo que los investigadores Nora Draper y Joseph Turow, que ella cita, han acuñado como ‘resignación digital’. Algo mortífero que consiste en la renuncia digital a la propia voluntad. Ocurre cuando las personas ya no ven salida a las invasiones a su privacidad, porque se han convertido en un hecho omnipresente, compartido y continuado en sus vidas digitales. Para adaptarse, buscan formas de vivir con él como si formara parte de su nueva normalidad personal en la que esas invasiones son inevitables.

El citado Draper dice que, en una encuesta sobre el fenómeno, “las personas que sabían cómo funcionan por dentro las redes sociales, muy probablemente, no veían alternativas a cómo escapar de sus realidades invadidas.” O sea, que llegan a la conclusión que su única salida es la ‘resignación digital’.

Einstein tenía razón, una vez más, con esa frase suya que ya tiene más de un siglo: “La inteligencia tiene sus límites, pero la estupidez no”. Y parece, por lo descrito arriba, que esta última va a seguir creciendo. Pero ¿hemos de sucumbir todos, inevitablemente, a la resignación digital? Yo no lo sé, pero estoy seguro de que eso es lo que a Instagram y sus tutti quanti les gustaría.