A fondo    VOCES DEL MIT

“En el viejo mundo algo falla y vas al taller. El nuevo mundo es IoT”

Los profesores del MIT Sanjay Sarma y Jeanne Ross describen cómo se modela el futuro del trabajo, de las empresas y de sus relaciones con los clientes

04 ENE. 2019 - Madrid
12 minutos
La profesora e investigadora del MIT Jeanne Ross, durante su paso por España. / J.M.

Sanjay Sarma es profesor de ingeniería mecánica y vicepresidente de la iniciativa Open Learning (que incluye la educación digital) del MIT. Y es un pionero del internet de las cosas (IoT.) Trabajó con el padre del concepto, Kevin Ashton, y con David Brock en el Auto ID-Labs, para crear en 1999 el código de identificación electrónica EPC. Jeanne Ross es profesora e investigadora del MIT, especializada en arquitectura de empresas y digitalización. 

Ambos, Sarma y Ross, pasaron por Madrid para intervenir junto con su colega Thomas Malone en una jornada de la Fundación Areces titulada Modelando el futuro del trabajo. Un futuro que tiene su punto de arranque en el presente y en la educación de quienes habrán de ejercer ese trabajo. "La educación es una cuestión existencial, porque la tecnología está cambiando muy rápidamente y si no preparamos a los trabajadores, los dejaremos atrás", señala Sarma. 

"La vida media de las tecnologías es tan breve ahora, que alguien que hoy está bien preparado se verá en peligro en cinco años, tal vez en tres. Así que la educación continua debe ser la prioridad en cada compañía y para cada individuo", asegura a INNOVADORES, sin inclinarse por la enseñanza online o la presencial. "Algunas cosas pueden hacerse online y algunas deben ser en persona. Yo no quiero ir en un avión cuyo piloto sólo haya aprendido a volar online. Ni que me opere un cirujano...", añade. "Se puede hacer muchísimo aprendizaje online, pero nosotros organizamos también lo que llamamos bootcamps [campamentos] que aportan experiencias combinadas de muy alto nivel".

La investigadora Jeanne Ross se refiere al papel de la inteligencia artificial (IA) en esa evolución en curso: "Habrá un cambio gradual. Ahora hay demasiada exageración. Si soy radiólogo, mi mundo está cambiando por el uso de IA para entender resultados, pero eso no significa que la radiología vaya a desaparecer. La IA está teniendo un impacto muy específico sobre unos empleos muy concretos. En 100 años todo será muy diferente, claro. Incluso en 20 años. Creo que esta revolución va a ser más rápida que la Revolución Industrial, a causa de la conectividad, pero creará muchísimas oportunidades".

Sarma explica cómo percibir los cambios en un periodo de tiempo relativamente corto: "Vayámonos a 1990, a una conversación entre dos adolescentes. Si uno dice ‘te mando mi localización por WhatsApp’ el otro no entendería nada, porque entonces los teléfonos móviles eran un maletín, no había internet inalámbrica ni GPS en cada móvil para tener la localización. Y no había redes sociales ni WhatsApp". 

Su discurso entronca con lo que supone el internet de las cosas: "Cambia por completo las relaciones de negocio y con los clientes. El propio concepto de producto queda bajo revisión. El modelo de negocio está cambiando de producto a servicio. Y esto altera radicalmente la relación entre compañías".

Internet de las cosas es como la electricidad del nuevo mundo

"Internet de las cosas es un lenguaje de diseño, como lo fue la electricidad", asevera. "Antes era difícil iluminar los edificios y no podían ser muy altos. Entonces Otis inventó el ascensor y cambió el lenguaje del arquitecto. Lo que estamos diseñando son experiencias. La gente no quiere comprar un taladro de un cuarto de pulgada, quiere un agujero de un cuarto de pulgada. No quieren comprar el producto, sino el trabajo que hace".  

"Estamos en una etapa incipiente", apunta Jeanne Ross. "Tomará tiempo que las compañías se adapten y también que lo hagan los clientes. No puedes dejar a tu compañía fuera de esto y eso implica rediseñar toda la empresa, potenciar al equipo... pero es una situación terrible, porque es muy disruptiva y la mayoría de tus ingresos a corto plazo proceden de la antigua propuesta de valor. Así que necesitas establecer tu nueva propuesta para avanzar y, en la práctica, empezar poco a poco".

"Lo aprendimos a comienzos de los 2000 con los negocios electrónicos: que no se deben separar las cosas, porque luego nunca consigues volver a juntarlas", añade Ross. "La lección correcta es que la integración es muy importante y necesitas un respaldo operacional para los datos. Pero debes crear una organización separada capaz de desarrollar la propuesta de negocio adecuada, llevarla al mercado y hacerla crecer de cero como si fuera una startup, hasta que sea algo sustancioso".

"Hay que cambiar tomándoselo en serio cuando dices ‘voy a empezar como una startup’", previene Ross. "Se trata de hacer algo pequeño, experimental, para probar y aprender. Eso es lo que te llevará hacia tu futuro, no el tipo de planificación estratégica que plantea ‘vamos allá, no importa cuánto nos cueste ni lo que nos encontremos cuando lleguemos’".

Con internet de las cosas preocupa la privacidad y la ciberseguridad

"Lo que llamamos ‘producto’ en el viejo mundo -es decir, en el mundo actual- te lo entrego, lo tomas y yo he terminado", concreta Sarma. "Pero cuando es un servicio, lo estás recibiendo continuamente. Se mide y se replanifica. IoT establece un nuevo tipo de relación muy diferente y reescribe la definición de lo que es el producto". 

¿Y funcionará igual en la relación entre empresas que en la relación con el cliente final? «Absolutamente», responde Sarma. "Si compras un coche Tesla, estará monitorizado por la compañía. Ellos podrán decirte si algo falla, antes de que sea un problema. En el viejo mundo sabes que algo ya no funciona cuando se enciende una luz y entonces vas al taller. El nuevo mundo es IoT. Rolls Royce y GE ya no venden motores, venden confianza y monitorización. De hecho, cuando el avión de Malasia desapareció en el Océano Índico [vuelo MH370, el 8 de marzo de 2014], nos enteramos por el IoT, porque Rolls Royce estaba monitorizando los motores".

Pero en ese mundo de servicios y monitorización surge el conflicto de la intimidad, cuando la relación es entre empresa y cliente final. "Es una cuestión muy peliaguda. El gran lío del momento es lo que está pasando con la privacidad", admite Sarma. "No tenemos una respuesta y nos enojan dos cuestiones, seguridad y privacidad. Desgraciadamente nos movemos demasiado aprisa y no nos hemos parado a hacernos las preguntas necesarias. Por ejemplo: se usan interfaces de voz por todas partes, pero no se han establecido las reglas de lo que se hace con la voz. ¿Está mi Amazon Alexa legitimada por mi voz para comprarme alcohol? Hay cuestiones muy profundas a las que, como sociedad, debemos sentarnos un momento y darles respuesta. Y no permitir que se haga demasiado tarde". 

"Es una cuestión de ética. ¿Mi voluntad me pertenece a mí, o al sistema?", se pregunta. "Con internet de las cosas también hay, por supuesto, preocupación por la privacidad, pero sobre todo con la ciberseguridad. Ahora me preocupa la temperatura en mi domicilio, porque puede indicar si hay gente en la casa. Con el coche pueden seguir mis movimientos y con la voz, mis interacciones", concluye Sarma. 

Steve Jobs y los límites Jeanne Ross escribió que a Steve Jobs no le interesaba qué quería la gente, porque él ‘sabía’ lo que iban a desear."«Lo malo es que Apple me da el producto y otras soluciones relacionadas: las apps, la conectividad... Me hace la vida más fácil, pero obtiene acceso a mis datos. ¿Cuáles son los límites?"