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El futuro es inevitable, pero no como nos lo han vendido

Es hora de cuestionar, de salir de la narrativa de la posverdad, de dejar que el miedo dicte nuestras vidas, de imaginar y cocrear otro futuro, de apropiarnos de nuestro destino individual y colectivo

03 ABR. 2019
18 minutos
Un momento de la última edición del IAM Weekend celebrada en Barcelona. / INNOVADORES

Es tiempo de disentir”, decía hace un año Katarzyna Szymielewicz, cofundadora de la Fundación Panoptykon por la defensa de las libertades básicas y los derechos humanos “contra las amenazas que presentan el desarrollo de las nuevas tecnologías de vigilancia”. Lo hizo en el marco del IAM Weekend 2018 organizado por el think tank alternativo IAM en Barcelona. Szymielewicz se refería a la ventana de oportunidad que supone mostrar el desacuerdo: “Hay que cambiar la mentalidad, pasar de aceptar que así es como son las cosas”.

El alegato de la abogada y activista es reflejo del sentir del ahora, un momento en el que lo necesario y lo propio es cuestionar, salir de la narrativa de la posverdad, dejar que el miedo dicte nuestras vidas, imaginar y construir un futuro diferente. Si creemos que lo que dicen empresas, fuentes interesadas o los informes de turno será verdad, entonces será verdad. Y si no lo creemos y pensamos que podemos construir otro futuro, lo haremos. Es el drama o la dicha de la profecía autocumplida.

En su libro Cómo hacer cosas con palabras (Paidós, 1991) el filósofo del lenguaje John Austin introdujo el concepto de “enunciado realizativo” sobre la base de que no todos los actos de habla son expresiones de oraciones verdaderas o falsas. Más bien, algunas oraciones son "performativas". Bajo esta idea se explica la teoría de la performatividad, que dice que dichas frases están "activamente comprometidas con la constitución de la realidad que describen", en palabras del sociólogo e ingeniero Michel Callon. Es decir, que las predicciones tienden a producir los futuros que prevén.

Si partimos de ahí, ¿qué nos impide crear futuros diferentes? Si las perspectivas del porvenir no nos gustan, ¿por qué no imaginar y construir otras? ¿Cómo hacerlo? El primer paso, dice la fundadora de Postfuturear Elisabet Roselló, es darse cuenta de que es posible. “Es fundamental romper la barrera de que el futuro ya está escrito y de que los únicos que pueden predecirlo son los gurús de turno”, afirma.

Postfuturear surge de la idea de que el futuro es un espacio por construir entre todos, que no es un destino ideal, y que existen varios escenarios que podemos decidir con un margen de maniobra. Por eso, para Roselló es tan importante que a nivel social “se abra la mirada a que hay otros caminos posibles”. Algo que, como mínimo -dice- proporcionará una mirada crítica.

Diseñar futuros

Una vez asumido que el futuro no es lineal y que puede cambiarse, es inevitable darse por aludidos. Cada cual debe tomar parte en la decisión de hacia dónde queremos dirigirlo y de cómo hacerlo: cómo diseñar ese futuro deseable. Para que este sea lo más plural y conveniente posible, debe contar con múltiples voces. Debe ser un proceso de cocreación lo más diverso y colaborativo posible. “Una suma de conocimientos que proporcione diversidad a la hora de imaginar ,y un marco y una forma de activarlo en todos los ámbitos y aspectos (económico, social, cultural)”, afirma la futurista creativa Stef Silva, que se dedica al diseño estratégico de futuros en Soulsight.

Silva ayuda a empresas y organizaciones a hacer ‘construcción de futuros’ mediante investigación para la prospección y anticipación de futuros, y mediante técnicas de imaginación y búsqueda de escenarios más allá de las fuentes tradicionales. Su estrategia de ‘diseño de futuros’ está pensada para facilitar el proceso y su aplicabilidad. “Lo que se busca es que sea lo más fácilmente entendible y realizable, con una solución real”, afirma.

El primer paso para construir -explica la diseñadora- es buscar señales de cambio. “Son esas pequeñas cosas que te han llamado la atención aunque no sepas muy bien por qué ni las entiendas muy bien; que despuntan dentro de lo que ya sabemos pero que no sabemos hacia dónde van”, explica. Advierte que estas no deben confundirse con las denominadas ‘tendencias’, que ya conocemos: “Son algo más incipiente, que todavía no está resuelto”.

El siguiente paso es encontrar cuáles de esas señales se repiten y si tienden a la continuidad. Si finalmente se mantienen en tiempo, se convierten en tendencia. A partir de las diferentes tendencias y sus cruces, se pasa a la predicción y descripción de escenarios. “Es un ejercicio que requiere pensar e imaginar, pero que bebe de lo que ya sabes ahora, de cosas que han pasado de forma cíclica, de teorías, etc.”, comenta. Y subraya la importancia de “no imaginar nunca un futuro de la nada”. “La clave -dice- es poner el foco en sitios donde nadie está mirando. Trabajar sobre variables no exploradas y visualizarlas desde la piel de personajes que podrían vivir en un mañana de aquí a, como mínimo, 30 años”.

Todos esos escenarios entrarán en lo que se conoce como el ‘cono de futuros’. La primera capa de ese cono contiene todo lo posible que no forme parte de la ciencia ficción. La segunda capa, aquello que no solo es posible sino probable. El círculo se va cerrando hasta elegir un futuro: el preferible o deseable. “En esta elección son clave la ética y los valores, como la coexistencia, el respeto, la inclusividad, etc.. Matices que determinan el futuro que quieres construir”. Silva lamenta que las metodologías actuales que se centran en el usuario “se olvidan de lo que no es el usuario”. “Hay que pensar en una capa planetaria y, por supuesto, tener en cuenta posibles efectos indeseados e inesperados”, añade.

En la recta final hacia la construcción de ese futuro preferible falta tangibilizar: recrear escenas o productos de ese momento. Es el paso previo a, quizá, lo más complejo: pensar qué hay que hacer para convertirlo en realidad. Para trazar la estrategia se recurre al backasting: posicionarse en ese futuro y mirar progresivamente hacia atrás en el tiempo para definir qué tendría que pasar en cada momento. Por ejemplo: “¿Qué tendría que pasar en 2045 para que nuestro futuro deseable se materialice en 2050?” y así sucesivamente.

Escasos imaginarios

Con la metodología más o menos clara, ¿es posible aplicarla a un proceso más orgánico, primero individual y luego colectivo, de construcción de futuros? ¿Un proceso que no dependa de ninguna institución, asociación, organismo o empresa? Roselló lo duda. “Nos faltan imaginarios. Es más fácil recurrir al escapismo o comprarse un libro para distraerse o evadirse”, afirma.

La impulsora de Postfuturear critica que tanto las visiones utópicas como distópicas actuales tienen un origen antiguo. “Las imágenes recurrentes de coches voladores, rascacielos gigantes y robots tienen más de un siglo de antigüedad como icono de futuro. Seguimos utilizando estas referencias creadas desde el punto de vista de las necesidades y la realidad de la Segunda Revolución Industrial, que obviamente no es la nuestra”, asegura.

Al contrario, las nuevas corrientes retóricas no son tan conocidas, dice Roselló. Entre ellas destaca el ‘realismo especulativo’, que “busca romper con la filosofía tradicional en busca de otros marcos mentales que nos ayuden a comprender el mundo que nos rodea en su complejidad”. “Ayuda a crear marcos de experimentación, a ir más allá de lo que entendemos como realidad, que construimos por convenciones en base a experiencias y conocimientos que vamos almacenando”, explica.

Junto con el realismo especulativo como forma de interpretar y analizar el mundo, Roselló habla de corrientes como las ‘posthumanidades’, que ofrecen imágenes alternativas de futuro. “Contra las humanidades y el posthumanismo antropocéntrico se habla de una visión del posthumano no como un cyborg con inteligencia ampliada sino de un estado de convivencia a nivel horizontal con otras formas no humanas como la naturaleza o los animales”, explica. “Sobre esa idea -añade- se empiezan a dibujar otros escenarios que quizá no gusten a todo el mundo pero que pueden ser fuente de inspiración”.

Otra corriente “tal vez más cercana” que cita Roselló son los ‘afrofuturismos’, una corriente que tiene sus orígenes en comunidades afroamericanas que buscan poner el foco no ya en la historia pasada y el esclavismo sino en la construcción de su futuro. “Empiezan a desarrollar su propia mirada, menos blanca, con una percepción del tiempo diferente, con una narrativa que pone en el centro otras personas y realidades distintas a las que estamos acostumbrados, en la que no todo pasa por lo tecnológico sino por otras formas de sociedad, cultura y pensamiento”, comenta. El músico Sun Ra o la escritora Estelle Butler son exponentes de esta corriente.

“Como ejemplo que tenemos mucho más a mano están las fab-cities, que parten de la aplicación de la fabricación digital para la organización en ciudades autónomas que generen sus propios recursos”, menciona Roselló.

Más allá de los imaginarios que estas corrientes puedan proporcionar, está el reto de imaginar lo que no se basa en ellas, lo que no conocemos. Roselló cree que un escenario de cocreación  de futuros diverso sería más plausible desde el ámbito público “capaz de ir más allá de generar escenarios y pasar a ejecutarlos”. 

De forma espontánea o preparada, con o sin respaldo de la administración, con o sin una organización detrás, el cambio pasará, primero, por ser conscientes de que es posible construir otro futuro. Como dijo Henry Ford: "Tanto si crees que puedes hacerlo como si crees que no, tienes razón". La elección está en nuestras manos. Es hora de disentir, de narrativas que abran la puerta a futuros cocreados y no escritos por unos pocos, de entender que el porvenir no está escrito, de ser dueños de nuestro destino individual y colectivo.

¿Que podría ser mejor? En 2015, cuando Google se reestructuró en Alphabet, su cofundador Larry Page publicó una carta abierta a Internet anunciando su visión e intenciones. Terminó el texto con una pregunta retórica: ‘¿Qué podría ser mejor?’. “Es la asunción ciega de que todos los lectores estarían de acuerdo en que nada podría ser mejor que el monopolio e ideología totalitaria que Larry espera que continúe determinando la estructura de Internet y, por ende, nuestros potenciales y futuros colectivos”, dice el diseñador especulativo Ted Hunt. “La cuestión de 'qué podría ser mejor' es fundamental para la forma en que imaginamos, desarrollamos y usamos la tecnología. Cada especulación futura, truco, nueva iteración, adaptación, actualización de versión... es esencialmente preguntar y responder dicha pregunta", afirma. Que se entere Larry.
Construir, no predecir Existe cierta aversión, entre quienes se dedican a la prospectiva y diseño de futuros, a hablar de predicciones. Estos prefieren hablar de grados de probabilidad y nunca de un solo escenario descripción con confianza de algo que es casi una certeza. Como dice Stef Silva: “No se puede predecir el futuro pero sí imaginarlo o pronosticarlo, basándose en información y no partiendo desde cero”.