Opinión    NEGOCIO

Huawei, un ejemplo de la guerra de los gigantes hegemonistas

La detención de Meng, las tasas a la importación, las multas antimonopolio e indemnizaciones por derechos de copyright son batallas

10 DIC. 2018
19 minutos
Una gigantesca publicidad de Huawei envuelve el emblemático Edificio España de Madrid.

La detención en Canadá de la heredera del imperio Huawei, a petición de Estados Unidos, es un episodio más en la guerra mundial del Siglo XXI. Una guerra, futurista, que seguramente algunos preferirán llamar global y es un todos contra todos, en el que son los Estados contra los Estados, pero al mismo tiempo es la batalla de las grandes corporaciones tan querida por las distopías fantacientíficas situadas a cientos de años en el futuro.

Las naciones están peleando, y perdiendo, por sobrevivir en un mundo en el que otros poderes los sobrepasan. El CEO de alguna de esas megacorporaciones puede tomar decisiones que hundan en la miseria a un país, o que otorguen a su gente una bendita prosperidad. ¿Qué sería de Irlanda si se larga Microsoft de su amable patria fiscal?

La detención de Meng Wanzhou, directora financiera de Huawei e hija del fundador del gigante chino, reúne los dos ingredientes. Se plantea como un caso de alta política, por haberse saltado el embargo decretado por Estados Unidos a Irán, a la vez que finos analistas se lanzan a aventar sospechas de ciberespionaje, en el que los dispositivos de Huawei juegan el papel de caballo de Troya, con una puerta trasera para dar acceso a los chinos a toda clase de secretos occidentales. El padre de Meng, Ren Zhengfei, tiene fuertes lazos con el partido único chino (comunista) y fundó en 1987 su imperio saliendo de la nada. ¿Qué puede ser más sospechoso?

Por otra parte, la voracidad comercial de Huawei es otra muestra del afán hegemonista que alienta a esas grandes corporaciones tecnológicas globales, deseosas todas ellas de apoderarse del mundo a través de los mercados. La manera en que Huawei ha penetrado con sus productos en todo Occidente no más que despertar toda clase de temores. Entra a los mercados con smartphones de gama alta o muy alta, a precios que se acercan a la gama media de sus competidores. Otras marcas chinas lo han intentado con productos más mediocres, peleando en los precios bajos. Pero Huawei, con su estrategia más ambiciosa, ya es el número dos mundial, por detrás de Samsung y rebasando a Apple (algunos rankings todavía dudan un poco de esto).

Muchos competidores hablan en voz baja de dumping, vender a pérdida para apoderarse del mercado. Su estrategia de marketing, envolviendo con gigantescos carteles publicitarios edificios emblemáticos de las ciudades europeas, podría entenderse como una subliminal declaración de principios.

Pero Huawei no sólo pelea para el mercado de consumo. Seguramente lo que más asusta es su producción de equipos para la infraestructura de comunicaciones, posicionándose en un punto de liderato en la tecnología 5G, tal como explicó a este lego su máximo responsable mundial para esta área, Chaobing Yang, hace unas semanas. Su capacidad para acometer la instalación de circuitos completos, con equipos de alta calidad y bajo precio, hace temblar a quienes sospechan del riesgo de crear dependencias de esa categoría en una red que será esencial en los próximos años.

Google, Apple, Microsoft, Facebook...

El caso Huawei es solo uno más entre los muchos intentos hegemonistas de las grandes corporaciones. En realidad, todas pretenden controlar el mercado en el que se sienten fuertes y la mayoría pretende expandirse a otros terrenos de la tecnología. Es más, en algún caso se puede decir que aspiran a dominarlo todo.

El más notable podría ser Google, que ha constituido incluso una superestructura, Alphabet, para que los previsibles fracasos comerciales que pueden producirse en algunas aventuras no salpiquen directamente al negocio del buscador, que sigue siendo la vaca lechera del grupo. Pero no hay un campo en el que juegue un papel el software en el que no intente estar.

Aparte de haber despreciado el área de fabricación de hardware, donde todo se comoditiza con gran velocidad y es más sencillo trabajar con los partners que convenga en cada momento, la estrategia Google va desde dominar la publicidad online hasta crear su propia infraestructura espacial. Ha entrado en el campo de la robótica, aunque se deshizo de su compañía estrella, Boston Robotics, no mucho después de comprarla, tal vez porque su éxito dependía demasiado de inventar y fabricar artefactos, en vez de limitarse a gestionarlos con su software.

En cambio, sí ese el camino, el software, por el que pretende dominar el coche autónomo [robótico], sin fabricar un solo automóvil. Para eso hay un motón de marcas con las que asociarse. Sería interminable repasar todos los negocios en los que se mete Google, con afán de convertirse en líder global, incluido el incipiente gran hermano de los asistentes personales domésticos, a través de altavoces inteligentes que todo lo escuchan en casa.

Con una estrategia en cierto modo opuesta, Apple lleva años intentando ser hegemónica a través del hardware propietario para ejecutar su software. Le funcionó muy bien con inventos como el iPod y el iPad, y se ha hecho de oro con el iPhone, hasta convertirse en la empresa más valiosa del mundo cuando alcanzó la valoración de un billón de dólares el pasado agosto. Paradójicamente, ese éxito parece haber reducido su capacidad de dominación. La fluidez con la que han caído los dólares en su inmensa caja, fuera del control fiscal de país concreto alguno, parece haberle hecho perder la capacidad de tener una visión más amplia y eso puede convertir a la empresa de Cupertino en el próximo gran derrotado de estas guerras globales.

El gran invento del mitificado Steve Jobs no fue fabricar un reproductor de música MP3 más molón y sofisticado que los que había en el mercado, sino crear el primer gran mercado de contenidos. Durante algún tiempo iTunes fue el corazón secreto de su negocio. Pero el afán de mostrarse tan dueño de todo que el usuario queda en mero usufructuario de la música (y otros contenidos) por los que ha pagado, puede ser una causa primordial de que ese negocio haya palidecido.

Tal vez le ha pasado algo así, también a Amazon, cuyos libros digitales empezaron arrasando al papel, pero ahora el libro impreso ha recobrado protagonismo. ¿Tuvo algo que ver el escándalo de 1984, cuando los lectores con Kindle descubrieron que son apenas usuarios de contenidos que Amazon les puede retirar en cualquier momento?

El Tribunal Supremo de Estados Unidos está viendo ahora mismo una causa contra Apple, por lo que aquí llamaríamos abuso de posición dominante, por cargar comisiones excesivas a los desarrolladores de su tienda de aplicaciones para iPhone. Un 30%. Y eso, desde una posición monopolística, porque iOS no permite (al menos para el cliente sin elevados conocimientos técnicos) instalar apps desde ningún otro origen. En cierto modo, la manzana ha querido desde siempre crear su propio mundo privado, en el que sólo puede hacer negocio quien ella diga. Por eso sus ordenadores se quedaron irremediablemente atrás respecto a los PCs, después de que Steve Jobs, al regreso de su exilio, cortase de raíz un tímido inicio de mercado clónico de los Mac, bajo licencia para otros fabricantes. El afán de hegemonía marca estos tics.

En todo caso, parece que Apple se ha distraído con las ingentes cantidades de dinero que le reporta la venta de iPhone con márgenes de beneficio por unidad disparatadas. Se ha hecho tan dependiente de ese negocio que en cuanto han circulado noticias de flojera en las previsiones de ventas, su valoración ha caído a plomo. De hecho, no sólo ha bajado del billón a unos ochocientos y pico mil millones, sino que durante el mes de noviembre ha sido superada como compañía más valiosa por Microsoft al superar los 850.000 millones el pasado día 28.

Microsoft es otro ejemplo de intento de dominación a través del software, aunque su incursión en el hardware, fabricando una amplia familia de portátiles, los Surface, está empezando a resultarle muy rentable. La compañía se pegó un gran batacazo con la compra de la división de móviles de Nokia para intentar dominar el mercado de la telefonía inteligente. Probablemente por eso, cuando entró al terreno de los portátiles (con fuertes pérdidas en los primeros dos años) lo argumentó como el propósito de señalar un camino y unos estándares para la nueva informática de mano. Una manera de dominar ideológicamente (y optimizar el software de control) un mercado con evidente recorrido. Ahora resulta que, sin pretender ser el número uno impone criterio y además saca pingües beneficios como fabricante.

No obstante, el gran poder de Microsoft está ahora en las nubes, donde combate fieramente con la dominadora Amazon, con Google y, más lejos IBM. A través de la nube se expanden nuevas fuerzas en el terreno de la inteligencia artificial, con todos sus componentes (machine learning, deep learning) y servicios.

La empresa que fundó Bill Gates ha tenido la incuestionable astucia de trasladar a la nube su principales armas de dominación del mundo digital, que son las herramientas básicas de la oficina, Word y Excel, potenciadas precisamente con las nuevas capacidades de la IA con la que se entremezclan. Va añadiendo otros elementos como la red social profesional LinkedIn y el software de negocio Salesforce para crear un entretejido que puede envolver por completo el mundo empresarial.

Otro de los grandes poderes con afán hegemónico ha sido Facebook, con una trayectoria imparable hasta que las elecciones estadounidenses pusieron de manifiesto que su juego de dominación por ingeniería social se había convertido en una herramienta de manipulación masiva en política.

Puede que el imperio de Mark Zuckerberg sea el primero en caer, en estas guerras del siglo XXI, porque, siendo que el más juega con la sutileza de atrapar hasta el último dato de cada ser vivo en el planeta, para construir su red de dominación mental a través de la comunicación, ha hecho tanto ruido como un elefante en una cacharrería.

Facebook tiene poca cosa que vender si el público medianamente educado le ve cómo hace los trucos de magia y le da la espalda. Al prestidigitador sólo le queda entonces un público indiferente y menos exigente, para explotarlo como consumidor y presunto votante. Ahora que le vigilan de cerca los grupos organizados que pretenden, a su vez, ser hegemónicos en el terreno de la política y el control del voto, su futuro no parece tan brillante. Ninguno de sus proyectos para entrar en otros ámbitos, como crear sus propias e imaginativas redes de comunicación para llevar internet hasta el último rincón del planeta, parecen tener impulso suficiente. Es un gigante que encoge.

Pero si algo tiene en común Facebook con los otros gigantes, americanos y asiáticos, son las grandes investigaciones y macromultas que les caen desde la Unión Europea y, a veces, desde las autoridades de competencia de Estados Unidos, por prácticas monopolísticas. Es decir, intentos de hegemonismo.

Las enormes multas que la UE ha aplicado en un momento u otro a los mencionados, sumadas a las mil millonarias indemnizaciones a las que otros implicados, como Samsung, han sido condenados en EEUU, permiten a los analistas del otro lado del Atlántico hablar sin tapujos de una confrontación con Europa, en el que la CE pelea fieramente contra sus campeones tecnológicos. En cierto modo, tambien es verdad. Pero quizás es que la UE ya ni siquiera los ver como coporaciones estadounidenses.

El todos contra todos que ahora, con Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos, se ha convertido también en una impredicible guerra comercial de proteccionismo contra China, como el verdadero poder emergente que puede devorar el mundo. Las consecuencias para la economía mundial gestionada por poderes estatales pueden ser demoledoras.

La detención de Meng, las tasas a la importación, las multas antimonopolio e indemnizaciones por derechos de copyright son batallas, a las que los gigantes tecnológicos no son ajenos, pero sólo parte de esa guerra en la que las grandes corporaciones también sueñan con destruirse entre sí para quedarse con todo el mundo.