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Jessica Alba o cómo convertir una alergia a un detergente en un unicornio de mil millones

La misión de la actriz al fundar su startup The Honest Company es fabricar productos sin alérgenos ni tóxicos, eco-friendly y accesibles para bebés, el hogar y el cuidado personal

10 MAY. 2019 - Anaheim (EEUU)
8 minutos
Jessica Alba durante su conferencia. / INNOVADORES

La última tarde de un congreso suele ser un desierto. Los asistentes ya han hecho todo el networking posible, las sesiones de trabajo más contundentes han pasado y las empresas han anunciado ya lo que tenían que presentar, así que buena parte del público se marcha antes de hora. Sin embargo, en la .NETX Conference de Nutanix que se ha celebrado esta semana en California el panorama ha sido completamente anómalo. Faltaba media hora para el inicio de la última conferencia y en las primeras filas del Anaheim Convention Center no cabía un alfiler. ¿El misterio? La actriz Jessica Alba era la protagonista. Y no por ninguna novedad cinematográfica, sino por su vertiente empresarial y emprendedora que hace siete años le llevó a crear The Honest Company, una marca de productos eco-friendly y sin alérgenos para bebés, hogar y cuidado personal que en su última ronda de financiación en 2017 estaba valora en 1.000 millones de dólares.

"Cuando era pequeña pasé mucho tiempo sola en un hospitales", comienza relatando Alba a un público entregado. Numerosos ataques alérgicos que le cerraban la garganta y varias neumonias fueron los responsables. Cuando se hizo mayor y ya era un personaje reconocido en todo el mundo, esos ataques desaparecieron sin tener muy clara la causa. Sin embargo, hace 10 años, antes de tener a su primera hija, esa alergia tan fuerte volvió. "Le pregunté a mi madre cuál era el mejor producto para lavar la ropa que me habían regalado para el bebé que estaba a punto de nacer, lo compré, empecé a usarlo y me produjo una reacción alérgica terrible", explica la estrella mediática. La reacción fue inmediata: si ese producto no era bueno para ella, tampoco iba a serlo para su hija.

Casi al mismo tiempo, su hermano tuvo una hija con serios problemas en su sistema inmunológico que no podía ser expuesta a determinados compuestos químicos.  A partir de ahí, empezó a convertir en su "misión" descubrir cómo desarrollar productos que "fuesen buenos, pero que también estuviesen compuestos por buenos materiales para la limpieza de los hogares y los cuidados de los más pequeños". "Mi hermano pertenece a la clase media y encontrar estos productos a precios razonables era casi posible", dijo.

Y así se dio cuenta de que por más que buscara no encontraba en el mercado compañías que respondiesen a sus necesidades para el cuidado del hogar con productos sin alérgenos ni tóxicos, eco-friendly y accesibles. "Era caro y una pérdida de tiempo andar probando toda clase de productos. Hacerlos de forma casera tampoco era una opción. Y así surgió la idea de fundar The Honest Company", que hoy tiene más de 200 empleados y está centrada en el mercado americano con productos que van desde pañales a detergentes pasando por cremas para el cuerpo.

"Lo empecé como una cuestión de justicia social. Para que cualquier persona pudiese tener acceso a productos seguros y saludables con ingredientes que funcionen a precios razonables", cuenta. Pero los inicios no fueron fáciles. "Ser famosa te abre puertas para ir a reuniones y que te pidan un selfie, pero nadie pone dinero en una empresa si no cree que va a obtener beneficios a cambio". Por eso tardó tres años en encontrar a los que hoy son sus socios y con los que los inversores empezaron a tomarla en serio. "Al principio creían que ellos habían fundado la empresa y yo me sumé después, pero es todo lo contrario", se defiende. 

¿La clave de su éxito? "Mirar más allá para dar pasos que otros no han dado. Intento rodearme de gente más lista que yo, preguntar mucho y no tener ningún miedo de dar la cara. El miedo al fracaso no permite avanzar". Y aun con pasos decididos, la empresaria insiste en que el camino no ha sido tan glamuroso como muchos pensar. "Hacía lo mismo que cualquier emprendedor: atender a clientes, empaquetar pedidos, pensar en el diseño de los próximos productos, formular con los químicos, controlar la web....", hasta que poco a poco la empresa fue creciendo.

La competencia es fuerte, reconoce. "La mayoría de las firmas del sector llevan más de 100 años haciendo lo mismo. Yo creo que hay que fallar rápido y pasar a la siguiente cosa. No dejar que los errores te lastren, pero sí convertirlos en una valiosa lección. Y las grandes empresas no pueden hacer eso porque se juegan mucho dinero y planes que llevan muchos años trazados". Su mentalidad de startup, dice, es la que le permite ir adaptando el negocio para que esta apuesta de "negocio ético" siga en pie.

¿No tener formación empresarial ha sido un problema? "Llevo trabajando desde que tenía 12 años, he vivido en diferentes comunidades y países, he viajado por todo el mundo y he formado parte de muchos negocios de los que dependía muchísimo dinero. No sé si un backgraound tradicional de negocios te permite obtener todo ese conocimiento", sentencia. Y lo tiene claro: ser empresaria ahora es su prioridad.