Opinión    Biodiversidad digital

La segunda digitalización

Desconocemos aún si sus herramientas podrán ser usadas más para el bien que para el mal

18 minutos

El proceso de digitalización comenzó como un hecho más de la técnica: el inicialmente inocuo invento del transistor en 1948, por J. Bardeen, W. Shockley y W. Brattain, en los Laboratorios Bell de la AT&T. Algunos historiadores de la tecnología han señalado que es "el mayor invento del siglo XX", ya que dio lugar a los circuitos integrados y, por extensión, junto con otros componentes, a las hoy gigantescas ciencias de la computación. Incluso afirman que, si el siglo XIX se basó en la máquina de vapor de James Watt, podría decirse que la era de las comunicaciones digitales ha sido posible gracias al transistor. Sin embargo, en aquel momento -no hay más que comprobar las crónicas de la época- fue considerado un simple paso más de la tecnología.

Una buena distancia temporal es imprescindible para tener verdadera conciencia sobre algo que está cambiado el mundo. Pero, tal vez, la digitalización ha traído cambios que no se pueden comprender a través de ningún ejemplo de algo sucedido del pasado. Un amigo que vive en Silicon Valley me decía que ninguno de los augures de la tecnología es capaz de acertar sobre cuándo una startup se va a convertir en un ‘unicornio’ (que alcanza los 1.000 millones de dólares de valoración en bolsa). Él opina que apostando en muchas a la vez, en alguna ocasión, el capital riesgo acierta, pero no por conocimiento, ni lógica o sentido común, sino simplemente por casualidad o serendipia (es decir, por equivocación). Y aseguro que mi amigo del Valle del Silicio sabe de qué habla.

Qué caracteriza a la primera digitalización

Digo esto porque, respecto a las cosas que pueden cambiar al mundo es muy probable, si acertamos será, igual que le ocurre al capital riesgo, por casualidad. La primera ola de la digitalización (por usar la terminología de Toffler para las transformaciones del mundo), abarca casi ya 80 años a partir del invento del transistor. En parte, aún dura. La primera digitalización diluyó en la práctica para la vida personal y profesional, sobre todo en su aspecto intelectual, las diferencias entre lejos y cerca; entre dentro y fuera; entre material en inmaterial y entre sincrónico y asincrónico.

Hoy empieza a diluirse ya la separación entre realidad e irrealidad, que comienzan a ser indistinguibles en ciertos aspectos. Aunque esto último tiene que ver más con la segunda ola de la digitalización sobre la que luego hablaré. No hay espacio en este artículo para describir la ingente cantidad y complejidad, y los casi infinitos matices de los cambios que está impulsando la digitalización, para el mundo y la humanidad, y también para las sociedades que los componen. Está laminando las reglas y organización social creada para la expansión de la revolución industrial, como el puesto de trabajo, el horario de trabajo, la fábrica, la cadena de producción… Toda una serie de configuraciones sociales, humanas y políticas que modelaron las estructuras del mundo siglo XX, en sus aspectos pacíficos y comerciales, tal como los conocíamos.

La primera digitalización, evolucionando sobre los raíles de la Ley de Moore que ha marcado el ritmo de los cambios tecnológicos como un buen sismómetro, ha inducido una serie de transformaciones a una velocidad inaudita, en relación a las anteriores olas de cambio a las que se refería Alvin Toffler en el paradigma de tres olas de su libro La tercera ola, publicado en 1979.  

Hay quien habla ahora de transformación digital (muy probablemente los mismos que han estado hablando décadas sobre las TIC), pero yo prefiero hablar de digitalización. Primero, porque es un fenómeno de topología horizontal así que afecta a todo tipo de actividades intelectuales humanas, casi todas las profesiones y a cualquier sector o mercado de empresa. Segundo, porque las consecuencias y transformaciones tecnológicas de la primera digitalización son tanto individuales como colectivas. Y, en tercer lugar, por sus graves consecuencias sociales.

El empuje global de la primera digitalización está laminando una gran parte de las clases medias occidentales, base de las sociedades de la era industrial. Los esquemas de la ‘Larga Cola’ (Long Tail), que formuló Chris Anderson, y que él lo uso para referirse a temas concretos de comercio electrónico, proponen gráficas que expresan los acelerados crecimientos y decrecimientos de la primera digitalización y la evolución de los gigantes globales empresariales basados en la digitalización.

Estas gráficas reflejan el tipo de evolución propio y muy común de los citados gigantes típicos, cuyos modelos de negocio están desplegados en forma de servicios de internet para cientos o miles de millones de personas, más allá de su cultura y circunstancias locales.

La primera digitalización aún está, aunque es un término criticado por algunos, ‘exponenciando’ y polarizando las magnitudes económicas y sus consecuencias sociales, en paralelo. Están sucediendo muchas cosas al mismo tiempo y es un error, creo, pensar que una cosa sustituye a otra eliminando lo anterior, como nos contó magistralmente Umberto Eco en su precioso ensayo, De Internet a Gutenberg ya hace más de 20 años en el Debate sobre la Muerte (Incierta) del Libro y su cultura (tal como los conocíamos). En el ensayo, describía cómo en el milenarismo del año 2000, estábamos también atrapados en el mismo “Esto matará aquello”, frase que ya dijo en monje Frodo en el año 1.000 señalando los libros, y luego a los capiteles de las catedrales con sus historias de la Biblia talladas en piedra.

En resumen, además de verdaderas maravillas para la interacción personal y social humana, y el acceso masivo al conocimiento que nos ha traído la primera digitalización; con ellas, viene también una desigualdad creciente económica e intelectual en las sociedades, que se está volviendo crónica. Como la digitalización ha diluido la separación entre ámbito personal y profesional, una desigualdad tan importante o más que esta, se da en el mundo de las empresas y sus mercados, donde empresas conocidas mundialmente como modernas e innovadoras, pueden caer fulminadas en días y perecer en meses (recuerda Kodak). Con estos sucesos, se nos muestra la auténtica naturaleza de lo digital y su ola global. Un hecho que se confirma también con la caída de algunos mitos digitales que van, desde la de la victoria del libro electrónico (no hay tal), a la brecha generacional; desde el del digital divide, al de los nativos digitales.

¿Es la inteligencia artificial el vector principal de la segunda digitalización?

Percibimos señales de que una segunda digitalización está llegando. Aquí haré otra salvedad. Esta nueva ola de la digitalización va a convivir con la primera en parte, pero no similarmente en todos los lugares, ni en todos sus niveles. Hay una frase del estupendo escritor de ciencia ficción William Gibson muy adecuada para sintetizar esto: “El futuro ya está aquí pero muy desigualmente repartido”. Es decir que la segunda digitalización emerge en ciertos ámbitos, mientras que en otros actúa la primera, mezcladas con dinámicas propias, incluso como las de un nuevo medioevo (Echeverría), neorreligioso; y/o neonacionalista y/o fundamentalista.

La nueva fase de la evolución de la inteligencia artificial, sus algoritmos y redes neuronales están mostrando hechos y consecuencias que no son propios de la primera digitalización. Hay evidencias de que ha empezado otra ola de digitalización. Hoy los mayores expertos de alto nivel en inteligencia artificial no son necesariamente ingenieros o tecnólogos, sino humanistas como los filósofos Nick Bostrom, director del Instituto para el Futuro de la humanidad de Oxford, o Huw Price, director Centro Leverhulme para el Futuro de la Inteligencia (CFI) de la Universidad de Cambridge.

Se extiende un clamor sobre una imprescindible y profunda reflexión sobre este nuevo tsunami tecnológico que llega para todos. Reflexión, tanto en ámbitos de humanidades y de la filosofía, como de la tecnología y las empresas, o de la gobernanza política y estamentos reguladores, sobre los riesgos de las nuevas capacidades de la segunda digitalización, que trae algoritmos de inteligencia artificial o de agentes de IA; machine learning y deep learning, o de sofisticadas aplicaciones de tecnologías predictivas, cuya capacidad de transformación económica y social es apabullante. Estas potentísimas tecnologías ya no se ven por muchos de esos altos expertos al modo en que veían lo digital como la de los apóstoles y evangelistas de las maravillas de la primera digitalización.

Hoy se vislumbran posibles grandes amenazas. Incluso, según Bostrom con un serio riesgo existencial nada menos que para toda la humanidad. A este mensaje de posibles apocalipsis con relación a la segunda digitalización, se han unido célebres nombres de la tecnología que han reforzado en la corriente principal de la comunicación global los mensajes como los de Bostrom.

Potentes nombres como el fallecido Stephen Hawking, Elon Musk, Steve Wozniak, o Bill Gates han aconsejado enfocar el análisis del futuro de las tecnologías articuladas mediante la inteligencia artificial, como un posible riesgo o amenaza para los seres humanos. En estos mensajes está claro que los efectos de la transformación de la segunda digitalización, encarnada sobre todo por la IA, llegarán a toda actividad humana y también de aquellas máquinas con posible inteligencia no biológica, en algunos casos quizá autónoma y no humana, pero cuyo comportamiento podría alinearse con los intereses y los fines de los humanos, o quizá no.

Tampoco se salvan del peligro inminente nuestras estructuras como sociedades democráticas. El conocido autor de Sapiens, Yuval Noah Harari, se ha sumado a los apocalípticos, y acaba de afirmar que la IA es una herramienta y un arma como ninguna otra de las que han desarrollado antes los seres humanos. Dice Harari en el artículo Por qué la tecnología favorece la tiranía, que “casi con toda seguridad [la IA] permitirá que los ya poderosos consoliden aún más su poder.”

Además, lanza inquietantes preguntas como: ¿Qué va a pasar cuando la IA sea la vía de transferencia de autoridad y responsabilidad a las máquinas? De sus análisis, se puede deducir que en esta segunda digitalización va a quedar afectada, no solo nuestra vida cotidiana o de trabajo, sino también la propia condición humana individual, así como nuestras formas de organización social. Afirma, en línea con Bostrom, que el mayor impacto de la revolución de la inteligencia artificial incluso podría erosionar la eficiencia relativa de las democracias y las dictaduras.

Hay fuertes y sustanciales evidencias de que el impacto de esta segunda digitalización no solo va a ser horizontal, sino además muy profundo, algo así como una digitalización al cuadrado. Desconocemos aún si sus herramientas podrán ser usadas más para el bien que para el mal; e incluso si servirán para defendernos de las propias amenazas que su mal uso podría generar. Y esto solo ha hecho que empezar. Tal parece que la actual revolución de la IA trae el cambio al tercer milenio con dos décadas de retraso, quizá antídoto o cura para el deslumbramiento que, a la mayoría de humanos, nos provocan aún las maravillosas tecnologías de la primera digitalización. El cambio en ello está ahora en que los riesgos afecten no solo a nuestra circunstancia, sino a nuestra misma existencia como especie y como individuos. Nada menos.