Opinión    Inteligencia artificial

Las humanidades señalan un futuro también a las empresas

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Las primeras universidades del mundo están en una fase de intensa mutación y reconexión interna de sus disciplinas debido a la acelerada transformación que empuja la explosión de la inteligencia artificial (IA). Nuevas noticias lo confirman. Tras muchos años de una época tecnocrática y nueva economía pura y dura, la explosión de la IA nos está trayendo oportunidades y cambios insospechados. Esto puede sonar raro aún en ciertos entornos empresariales, pero cada vez es más claro que el mundo tecnológico y empresarial tendrá que asumir en su núcleo estratégico que las humanidades y la ética no le son algo ajeno (eso incluye cuidar el planeta).

Tanto en las actividades de vanguardia tecnológica como en los ámbitos de los nuevos modelos de negocio ya no se pueden considerar las capacidades y herramientas de carácter humanístico como extraño a su actividad, si piensan usar de algún modo la inteligencia artificial. Todo ello gracias a los nuevos tipos de problemas y dilemas a resolver que plantea la complejidad de aplicaciones la IA.

En el MIT se percibe ahora una sensación general de entusiasmo. Estoy observando con suma atención cómo arrancan las actividades en nueva Escuela de Computación que pone en marcha en el MIT -la primera fundada en el MIT en los últimos 70 años-, llamada MIT Stephen A. Schwarzman College of Computing (SCC). De nuevo, el Instituto de Tecnología de Massachusetts está en un proceso de intensa transformación y eso a los miembros de su comunidad académica e investigadora les motiva extraordinariamente. De hecho, recientemente han publicado una noticia -Informática e inteligencia artificial: perspectivas humanísticas desde el MIT- en la que describe cómo las humanidades, las artes y las ciencias sociales pueden impulsar actividades investigadoras y docentes en la nueva escuela, donde el MIT pretende hacer un profundo mix de tecnología, ciencia y humanidades, que aún hoy nos resulta muy exótico. Según la citada noticia, van a ser las humanidades, las artes y las ciencias sociales las que se beneficien y enriquezcan, pero también logren una fertilización cruzada con las portentosas capacidades de la informática actual más avanzada -verbigracia: de la inteligencia artificial en sentido amplio-. Hoy, nadie informado separa informática avanzada de inteligencia artificial.

El nuevo laboratorio de ética del MIT

Los patrones de funcionamiento del MIT siempre han sido punta de lanza vanguardista de las instituciones de enseñanza de todo el mundo, pero también guía para empresas interesadas en encontrar nuevos caminos y vías hacia la innovación más rompedora. La noticia citada no deja lugar a dudas. Una intensa actividad a gran escala del MIT se está reconduciendo para “llevar la potencia de la computación y la inteligencia artificial en paralelo a todos los ámbitos del MIT”. Y eso, claro, incluye a las humanidades en relación a campos muy concretos de la tecnología y la digitalización.

Según Alex Byrne, profesor de filosofía del MIT, “la informática y la inteligencia artificial plantean muchos problemas éticos, relacionados con la privacidad (por ejemplo, el diseño de sistemas de datos), la discriminación (como la parcialidad y los sesgos en el aprendizaje automático), las fuerzas de seguridad (por ejemplo, con la vigilancia y el tracking), la democracia (en casos como el escándalo de los datos de Facebook-Cambridge Analytica), la guerra a distancia, la propiedad intelectual, la regulación política y la responsabilidad empresarial”. Como solución a todo ello están desplegando el Ethics Lab del MIT, cuyo propósito describe profesora asociada de filosofía en el MIT Tamar Schapiro de la siguiente manera: “La misión central de nuestro Laboratorio de Ética será coordinar y proporcionar enseñanzas sobre la ética de la tecnología, tanto en la nueva Escuela de Computación como en todo el Instituto en general”.

Sus razones en detalle son que la IA “puede ser utilizada para resolver problemas en astronomía, genética, neurociencia, arquitectura, etc., incluso problemas en el análisis de textos literarios. Quizás, afortunadamente para nosotros, los problemas filosóficos siguen siendo inmunes a la solución por métodos computacionales. La informática seguirá transformando el mundo, pero la filosofía seguirá siendo fundamentalmente un elemento humano”. 

Otra razón para este giro del MIT hacia las humanidades, según Melissa Nobles, decana de la Escuela de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales del MIT, es que “después de varios siglos de la revolución técnica industrial en curso, estamos llegando a una nueva etapa de madurez”. Así que este nuevo discurso institucional asociado claramente con las humanidades resulta, en mi opinión, bastante novedoso. Ello pasa, señala Nobles, por “el avance integrando la tecnología con un análisis humanístico de los complejos problemas de la civilización, entre ellos el cambio climático, el futuro del trabajo y la pobreza, problemas que sólo se resolverán colaborativamente”.

Pero el MIT no es la única institución en transformación ahora. Algo similar misma pasa en Cambridge y en Oxford. Otra muestra de que la transformación de la IA es ‘horizontal’ la da una noticia de la Universidad de Oxford, con el título IA y el cambio climático, en su respuesta a uno de los temas más álgidos de este momento, el cambio climático, que une a la IA en una nueva línea de actividad investigadora y docente. Y por su parte, como era de esperar, la Universidad de Harvard también está en este frente ya un tiempo. Desde 2015 tienen en marcha, y ahora muy desarrollada, su AI Initiative en el área The Future Society, incubada por su escuela Harvard Kennedy School y dedicada a los retos y al estudio de normas y leyes para la gobernanza de la IA y para definir cuáles de sus aplicaciones van a ser posibles (por restricciones físicas); cuáles va a ser permisibles para el bien social (y qué restricciones normativas deben aplicarse); y cuáles van a ser preferibles (dentro de lo  permisible está lo preferible que hay que alinear con los entornos de lo político, la cultura, y los intereses nacionales).

Empresas aceptando las humanidades como algo propio

La aceptación por el mundo empresarial de estas nuevas/viejas herramientas para dicho ámbito (e incluso sus mercados) supondrá en el medio y largo plazo un giro copernicano, porque liberará a las empresas de su exclusiva creencia en la ‘Religión de la Cuenta de Resultados’. Las incertidumbres actuales y del futuro inmediato no van a ser cosa de una religión tan plana como esa.

En cuanto a la propia supervivencia de las empresas, en un mundo crecientemente tecnológico y cambiante como el actual, ninguna compañía, en ningún sector, tiene garantizado su largo plazo. Recuerden Nokia, Kodak, Arthur Andersen, Pan Am, Enron, Compaq, etc. Así que las empresas tendrán que articular su visión y su misión teniendo en cuenta criterios humanísticos, éticos y sostenibles, pero no como un asunto de relaciones externas, sino como parte de su núcleo primordial de funcionamiento.

La responsabilidad social corporativa deberá de dejar de ser una frase propagandística y hueca en el mundo de los dirigentes empresariales. Incluso, por ejemplo, los empleados podrían obligar a los dirigentes de su propia empresa a cambiar cosas en la actividad y estrategias de la compañía, por cuestiones éticas. Sí, como ya le ha ocurrido a Google, empresa en la que más de 4.600 empleados firmaron una petición para que la compañía cancelara el acuerdo de desarrollar tecnologías de inteligencia artificial que podrían acabar generando armas letales autónomas, (al menos 13 empleados cualificados renunciaron en las últimas semanas de la protesta por la participación en ello de Google).

También le ocurrió algo de ese tipo a Microsoft, cuyos trabajadores firmaron un manifiesto para que la empresa deje de desarrollar “todas y cada una de las tecnologías de armas”. Estas cosas ya están pasando. Y quizá algo así podría empezar a pasarle a empresas españolas. Como decía Dylan “los tiempos están cambiando”, pero ahora están cambiando mucho y muy deprisa, añado yo.