Entrevistas    HoloLens

Más baratas e inmersivas: así serán las gafas de realidad aumentada

Hablamos con Alex Kipman, el responsable de llevar a la computación holográfica a otro nivel de la mano de Microsfot. Inventar productos es como «crear bebés» para él

Nerea Castro
23 JUL. 2018 - ILE-DE-FRANCE (FRANCIA)
7 minutos
Alex Kipman es el creador de las HoloLens que comercializa Microsoft. / EUROPEAN PATENT OFFICE

Alex Kipman es un inventor de récord.  En el universo gamer, el sensor de movimientos Kinect de la Xbox que él creó fue una auténtica revolución allá por 2010. Tanto, que se alzó con un inesperado Récord Guiness: el dispositivo electrónico más vendido en dos meses. Ocho millones. O lo que es lo mismo: 133.000 Kinects cada día. El sensor de movimiento al final terminó desapareciendo pero este joven brasileño no dejó de investigar. Y así, en 2015 salió al mercado su lanzamiento más potente hasta la fecha: las HoloLens de Microsoft. El primer dispositivo de computación holográfica que no necesita de tablets, ordenadores, teclados o cables. 

Hablamos con él en París, con motivo de la entrega de premios Inventor del Año que otorga la Oficina Europea de Patentes y a los que ha sido nominado este año. Con seis patentes a su nombre, Kipman tiene muy claro que "la holografía será el siguiente paso" en nuestra relación con la tecnología.

Para integrarla, desarrolló estas gafas holográficas que permiten ver el mundo real que se despliega frente al usuario, pero también contemplar elementos artificiales y trabajar sobre ellos: desde prototipos de diseño a gráficos complejos pasando por recreaciones del cuerpo humano para operaciones. Las gafas monitorizan los movimientos del usuario, observan su mirada y transforman la visión al emitir una serie de luces directamente al ojo que el cerebro termina percibiendo como los hologramas que se han diseñado previamente. Y gracias a que también controla el sonido y el movimiento de las manos, permite interactuar con esos hologramas añadiendo o moviendo elementos. Todo con una precisión de nueve milisegundos para estabilizar la imagen y de forma autónoma: con los procesadores incorporados dentro de las gafas, sin necesidad de recurrir a ordenadores, móviles o pantallas táctiles. 

"La primera versión del dispositivo pesaba una tonelada. Me llevó tiempo conseguir concentrarlo en 10 kilos. Pero aún así sólo podías llevarlo con alguien ayudándote a aguantarlo", recuerda. Hoy, las HoloLens pesan menos de 600 gramos. "Tuvimos que innovar en el software, en el hardware, en el negocio y en el contenido, y desarrollar algoritmos de inteligencia artificial que no existían", rememora, además de trabajar para casar el diseño de la interfaz y el entendimiento humano del mecanismo. Por eso, asegura tajante que el concepto innovación "no es argumentativo". "Te pones las gafas, ves un holograma y te puede gustar más o menos, pero no puedes discutir que es algo totalmente nuevo", relata. 

Inventar es llevar a la práctica algo que no existe

Y de ahí su definición de innovar: "Llevar a la práctica algo que no existe. Y punto. No es una idea porque todos tenemos ideas. Es una realidad que has implementado". Una transformación que, asegura, no se aleja de las creaciones orgánicas. Tan orgánicas como "crear un bebé". "Es un proceso precioso pero no lineal y con todo tipo de cosas que pueden salirte mal. La creación digital no es nada diferente". Todo está relacionado con la necesidad de salir de la zona de confort. 

¿Y hacia dónde se dirigen las nuevas innovaciones de Kipman? "Nuestra hoja de ruta pasar por crear nuevas versiones de las HoloLens más inmersivas, más baratas y más cómodas, para que puedan venderse al público generalista", explica. El modelo más sencillo de las gafas cuesta hoy 3.300 euros y la suite empresarial supera los 5.000. "Si te gastas 3.000 euros en algo necesitas que sea lo suficientemente valioso para lo que cuesta; tiene que darte 20 horas de valor cada día... en ese caso el dispositivo merecía la pena. Pero a día de hoy no estamos listos para eso", cuenta sobre el uso para particulares.

Pero todo llegará. Tanto que, asegura, es probable que este tipo de gafas sustituyan a los smartphones y dispositivos en los que ahora vemos películas  o series.  "Es verdad que hay gafas que generan náuseas o incomodad a quien las lleva, pero eso es porque no son lo suficientemente precisas", lamenta. No es el caso de las suyas, dice. Pero todavía falta todo un ecosistema de compatibilidades que permita que, más allá del universo empresarial, nuestra forma de relacionarnos con todo lo visual cambie para siempre.