Agro    Alimentación

Sensores de bajo coste para detectar si la carne o el pescado está en mal estado

Investigadores del Imperial College de Londres crean estos sensores que identifican gases de descomposición en los alimentos

13 JUN. 2019
4 minutos

Las fechas de caducidad, o mejor dicho las fechas de consumo preferente, de los alimentos son las guías que tenemos los usuarios para detectar si algo está en mal estado para comérnoslo. Pero, ¿y con los alimentos frescos? Hasta ahora el mal olor o el aspecto nos podían dar pistas, pero los investigadores del Imperial College de Londres han desarrollado unos sensores de bajo coste capaces de detectar si hay gases en descomposición, como el amoníaco y la trimetilamina, en la carne o el pescado

No es el primer sensor de este tipo en el mercado para detectar el deterioro de alimentos frescos, pero los que existen en la actualidad “son demasiados caros”, explican desde la universidad británica, que subraya que estos sensores “cuestan tan solo dos centavos de dólar de cada uno”. Otro tipo de dispositivos, señalan, son “demasiado complejos”, por ejemplo, hay algunos tipos que marcan al usuario un cambio de color en el etiquetado, pero esto “podría aumentar el desperdicio de alimentos, ya que los consumidores podrían interpretar incluso el cambio de color más leve como ‘comida mala”.

Ante esta variedad ya existente, el equipo de investigación ha desarrollado estos sensores de gas eléctrico basados en papel (PEGS por sus siglas en inglés) para abordar tanto el precio como la complejidad: “Además de ser más baratos de producir, son más fáciles de interpretar con lecturas eléctrica”, destacan los autores de este estudio.

“Los PEGS superan muchas de las desventajas de los sensores de gas actuales”, ya que son “sensibles” solo a los gases involucrados en el deterioro de los alimentos, mientras que otros sensores pueden ser activados por gases no dañinos.

Estos nuevos sensores se imprimen electrodos de carbón en fibras de celulosa, por lo que son “materiales biodegradables y no tóxicos, que pueden usarse en envases de alimentos”, explican desde esta universidad. Estos datos se transmiten, a través de unos microchips, a un smartphone cercano con tecnología NFC para ver si el alimento es apto para el consumo.

Los investigadores creen que estos sensores “podrían eventualmente reemplazar la fecha de caducidad”, ya que se trata de costes bajos para que los puedan asumir los minoristas y que no afecte en el precio final del alimento. Giandrin Barandun, uno de los bioingenieros que ha participado en este proyecto, incide en que las fechas de caducidad estiman cuándo un producto perecedero “podría no ser comestible, pero no siempre reflejan su frescura real”.

El responsable de este proyecto, el doctor Firat Güder del departamento de Bioingeniería del Imperial College de Londres, cree que en tres años estos sensores podrían estar ya en el mercado. El objetivo final es desperdiciar menos alimentos, así como reducir la contaminación plástica de los envases.