Opinión    INVESTIGACIÓN

Tesoros

Si hemos de aprender de los errores del pasado, nada mejor que conservar las pruebas del daño para no olvidar

14 SEP. 2018
4 minutos
Uno de los buzos de la Universidad de Cádiz haciendo el experimento submarino.

Comprobé el aire y volví a bajar… todavía me quedaba tiempo antes de tener que volver, y ante mi se extendían siglos de historia, decenas de batallas y un final triste, duro y casi inevitable. Seguí avanzando, el pasado me esperaba a pocos metros. De repente, empecé a notar frío, la claridad empezó a escasear y ante mí se apareció una mole enorme de madera y metal, un espectador del paso de los años, un superviviente del agua y de los cañones.

El pecio que tenía ante mis ojos no era otra cosa que un barco de la Batalla de Trafalgar, una joya del pasado, un testigo del tiempo y de la guerra. Seguí nadando, y encontré otro vestigio de 1805. Aunque no lo sabía entonces, estos barcos franceses se hundieron con un día de diferencia frente a las costas de Cádiz. La guerra pudo con ellos, pero han sobrevivido al paso de los años.

La diferencia entre ambos era enorme ¿Qué hace que un pecio se mantenga fuerte y casi amenazante mientras que el otro ha sido pasto del deterioro y del olvido? Desde la Universidad de Cádiz quieren responder a esta duda, por ello han creado un protocolo de vigilancia y control basado en el estudio in situ de estos dos buques para evitar su deterioro.

Para ello usan una especie de defensores metálicos. Un equipo perfecto que funciona porque uno de los metales actúa de protector del otro, al que va unido. Pero sí, el primero debe sacrificarse y acabará oxidándose y desapareciendo. Estos sacrificados materiales suelen ser el aluminio, el magnesio y el zinc.

De esta forma han conseguido mantener la estabilidad de piezas como los cañones o las anclas, al ponerlos en contacto eléctrico con un metal más activo. La técnica no es nueva, pero sí su uso. En la actualidad las navieras los utilizan durante la construcción de los buques para proteger los cascos.

Y como no hay nada como sumergirse en las profundidades para averiguar la verdad, el equipo creó réplicas de los barcos hundidos con materiales similares y los colocó en el fondo del mar. Por cierto, la técnica es un éxito, ya que después de los estudios descubrieron que la corrosión había disminuido casi en un 40%.

Si hemos de aprender de los errores del pasado, nada mejor que conservar las pruebas del daño para no olvidar… Allí siguen los pecios ahora, en el fondo marino, en silencio, esperando a que algún curioso quiera descubrir qué es lo que hace la guerra y cómo todas las batallas tienen víctimas.